[Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

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[Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 4:36 pm

Aquí Zonko Piesuave, el explorador se encargará de reescribiros las viejas aventuras de Vlad, de incluso antes de conocer a muchos de vosotros y cuando sus cabellos aún eran opacos y oscuros.


LIBRO BLANCO, LIBRO PRIMERO


CAPÍTULO I: Primeros pasos


Tras dar mis primeras vueltas por las espléndidas, a la luz del día, zonas de la Isla del Caminante del Sol, no tardé mucho en encontrarme a la primera persona que me acompañaría en mis andanzas, ya sea para bien, o para mal. Tan sólo momentos después de recibir una misión para acabar con unos malditos árboles corruptos en el enclave de la Aguja del Sol, apareció, y, creo... Para quedarse.



Justo cuando eliminaba a algunos de estos malditos troncos andantes poséidos, mis orejas se percataron del inconfundible sonido de los cascos de un caballo. Me detuve, tras eliminar al último de los séis que me rodeaban en la última oleada, y... cuán grata fue mi sorpresa cuando, al buscar al jinete de tan noble montura, me encontré con una auténtica belleza élfica. Tras mostrarme lo menos abrumado que pude ante tal candor, hube de presentarme, y ya me dió a conocer su nombre: Áhenas. Esta mujer, no sólo impacta por su belleza, sino por lo elevado de su comportamiento para conmigo, cosa que me anima a sentirme su protegido y a la vez guardián, al poco tiempo de conocerla.

Sobra decir, que, para alguien con mis principios y sentido del honor, es completamente imposible dejarse llevar por bajas pasiones. Y, como espero que entiendan aquellos que lean mi diario tanto ahora como con los acontecimientos que me acaecerán en el futuro... No es ese amor tan trivial lo que ella está despertando en mi persona, ya que... Por raro que parezca, aquella amiga que mencioné en mi anterior relato, es quien ocupa mi corazón. Es este sentir tan extraño para algunos, para mí algo mucho más claro, puro y... superior a un simple apego o atracción. Una especie de sentido a la vez protector y de admiración, como el que se tiene hacia un familiar o hacia alguien que, dado su halo de candor, es imposible negársele.

Ayudóme esta bella criatura a completar algunos de los trabajos que me fueron encargados para empezar a colaborar activamente en la vida política de mi raza, cuando, mostrándose agobiada por sus quehaceres, hubo de abandonarme. Con tristeza, pero con ánimos de encontrarme con más buena gente, me despedí de su graciosa persona, y continué mi camino. Me fue encargado por un hermano magister, entregar un paquete en la Ciudad de Lunargenta... Algo que me sobrecogió, pues... volvería a ver mi arrasado hogar, ahora con parte de su gloria restaurada.



Una vez allí, no pude evitar postrarme ante la estatua de su alteza, nuestro Príncipe Kael' Thas, que guarda las puertas de la ciudad, dado el profundo respeto que le profeso a tan noble hombre; como agradecimiento a la preocupación que, aun estando lejos, muestra por mis progresos y, en general, de todos mis hermanos. Sinceramente, me encaminé a mandarle un nuevo correo a la Corte del Sol, guiado como fui por un guardia de la ciudad, el cual me aseguró, estaba sediento de magia, con ojos risueños. Allí saludé al gran gobernante de la Ciudad, Lor'themar Theron, y a más miembros importantes del gobierno activo de Lunargenta, como Rommath.

En mis paseos por la ciudad, y, tras hablar con todo ciudadano que me fue posible, para informarme de cómo iban las cosas, hallé un portal hacia la ciudad en ruinas de la capital de Lordaeron, ahora reconstruida y utilizada por nuestros hermanos los no muertos. Nada más llegar, conocí a varios guerreros, que me mostraron respeto y condescendencia, dada mi inexperiencia como paladín. Entre ellos se encontraban dos Trolls con enorme sentido del humor; uno llamado Eldokari... y el otro, cuyo nombre no me reveló a las bravas. También conocí a un noble hermano Tauren llamado Ragen, cuya profesión va encaminada a ser un gran cazador. Había entre ellos, también un guerrero no muerto con muchas agallas, Sharkall, y un brujo nombrado Elzagor, el cual, a pesar de su cruel sentido del humor hacia los demás, no me pareció mala persona.

Tras recorrer la ciudad y contemplar la sala del trono donde el siempre maldito Arthas asesinó a su honorable padre... (Lugar en el cual me derrumbé, dada la tristeza que me suscitaba su contemplación), decidí llevarles a todos a la ciudad de Lunargenta y sus alrededores, para mostrarles la gloria de mi civilización, y... los alegres monstruos que rondan por los alrededores, siempre con ganas de hincar el diente a nuestras personas.

Enorme fue mi sorpresa, y grata, cuando, rondando por aquellos lares, se encontraba mi señora Áhenas, la cual se unió a nosotros, tras pedirle amablemente a uno de nuestros camaradas Troll que le dejara obrar con una herida que éste tenía; cediendo este, a pesar de su aparente cobardía para con ella. Aunque... no tan grata me fue la sorpresa de reencontrarme con milady, cuando, descubrí que, viniendo acompañada por otra elfa, (la cual supe luego que se llamaba Inwënmire) mostraba esta compañera un mal carácter y un tan ácido sentido del humor hacia mí que me resultaron enervantes desde el primer momento. Tras "visitar" todos juntos la pequeña aldea Troll de Zeb' Watha, siguiendo el consejo de Áhenas; rebanando cabezas de trolls zoquetes y bárbaros, (que nada que ver tienen con la familia de nuestros camaradas trolls...) decidimos ir, bajo consejo y guía de ambas elfas de sangre, a un lugar llamado Bahía del Botín.

Las mujeres debían tratar de asuntos importantes, según nos dijeron, así que... Aprovecharon mis camaradas para intentar pasar un buen rato mientras esperábamos a los demás congregantes y emborracharme, dicho sea de paso; y así acrecentar las posibilidades de aportarles diversión yo también. Allí moraba gente de todos los parajes y colores, e incluso  enemigos de la Horda, como miembros de la Alianza, los cuales, salvo los corrosivos enanos, se mostraron respetuosos (dado que la taberna donde nos encontrábamos, no era lugar para combatir... A no ser que se quiera ser víctima de la ira de los goblin a quienes pertenece, claro...).



No hubo muchos incidentes, o no más de los típicos y, por algunos, esperados... Salvo, alguna que otra bronca, y esotro "quita de ahí que estorbas", "ni un alboroto o abro fuego", y cosas así, ocasionado todo más que nada por el alcohol que por la zona rondaba entrando por los gaznates de diestro y siniestro. Me dí un baño en las aguas del puerto del lugar, para ayudarme a clarificar mis pensamientos, tan nublados por la bruma del alcohol que no tenía ya lucidez para caminar correctamente, y decidí marcharme tras esto, de nuevo a Lunargenta, para hablar con mis maestros caballeros de sangre y recibir algún que otro encargo que ayudase a la ciudad. He de añadir, que, el comportamiento de algunas personas, como Inwënmire o los enanos, me entristecieron, pues ya me encontraba apesadumbrado, dada la situación tan extraña que estoy pasando.

No obstante, el baño y el sentido del humor de mis amigos Troll me ayudó a pasarlo bien durante mi estancia en aquella taberna. Tras una larga noche, la cual pasé entre mareo y mareo, y cabezada y cabezada, acabé haciendo lo correcto y volviendo a descansar sin haber bebido por motivación propia...

Días más tarde, y, tras haber descansado lo suficiente como para volver a necesitar empuñar mi arma con más ganas que de yantar, salí en busca de mi amigo Ragen, quien, días antes, me avisó que vendría a visitarme a Lunargenta. Desde allí, partimos a la ciudad de Entrañas, para reunirnos con nuestros demás compañeros de armas, y así salir juntos a explorar algunas zonas dejadas de la mano del Sol. Uno de nuestros conocidos troll (a quien ya pregunté su nombre: Tidah) nos hizo de guía por las tierras de la Plaga, bastante inapropiado lugar para inexpertos aventureros como yo, pero, tan temerarios, que no pueden evitar ir al combate aunque el enemigo nos doble en tamaño, destreza y renombre.

Incluso un guardia hermano no muerto, se unió a nosotros en algunos combates, tras manifestarnos su aburrimiento por estar haciendo la ronda en una zona tan poco desafiante para él. Precisamente dichos monstruos enormes aparecieron, como una gigantesca araña que nos impedía pasar, y, más tarde, nos lanzaba oleadas de ataques por parte de sus retoños. ¡Los malditos osos pardos contaminados por la plaga, nos distrajeron incluso de poder prestar ayuda a un pobre enano que por la zona se había extraviado!



Cuando por fin nos despedimos todos, dando la enhorabuena a Sharkall por su renovada valentía frente a un enorme lobo, y a Ragen por escapar con soltura de varias arañas que le podrían haber bien costado la vida y arrogancia que se gasta; acordé con éste último reunirme al día siguiente en Durotar, para que me mostrase los lugares en donde moran nuestros hermanos de la Horda, los cuales aún no había podido visitar, no por falta de ganas. Cansados ya de intercambiar con nuestros enemigos, los aspectos más belicosos de nuestras culturas; (enemigos, tales como zancudos o hienas de la estepa bastante voraces para su tamaño) le propuse un cambio de aires, y venirse conmigo a la zona devastada de las Tierras Fantasma, para litigar contra perros esqueletos y demás no muertos malvados, como los agresivos Nerubians.


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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 4:37 pm

Una vez allí, conocimos Ragen y yo, a dos nuevos posibles compañeros de aventuras (aunque una no se prestaba mucho, la verdad...). Uno fue Jack, un valiente y veloz en combate no muerto; y la otra, fue una altiva hechicera llamada Serena, la cual, a pesar de mis buenos modales, se gastaba no sólo un enorme mal olor conmigo, sino una falta de cortesía increíble para conmigo y, sobre todo, para con Ragen (y todos sabemos que un Tauren no presume precisamente de buen humor cuando con él se utilizan apelativos como "Vaca"). A pesar de todo, supimos llevarnos bien, y... No nos quedó más remedio, ya que nos decidimos a explorar Muerthogar, con todos los enemigos que eso conlleva crearse. Allí se nos unió de nuevo Lady Áhenas, la cual parece mostrar un cualificado olfato para venir a ayudarme cuando me encuentro desorientado.

Cuando los huesos de Jack empezaron a crujir más de lo normal, decidimos que ya era hora de irnos a reposar lo que pudiésemos, no sin antes acordar encontrarnos Ragen y yo de nuevo al otro día, dado el gran gusto que compartimos ambos por las armas, y que nos ha hecho combatientes inseparables. Volvimos, una vez más, a los Baldíos, donde, de casualidad, nos encontramos con un cazador orco afanado en abatir a un enorme lagarto del trueno, que nos acompañó unas horas para mostrarnos nuevos caminos sobre la zona, ya que, según mostró, la conocía bien. El honorable orco dijo llamarse Orkand, y nos fue de gran ayuda a ambos, tanto su compañía y su sentido de camaradería, como su tino con su fusil y con su hacha abatiendo enemigos; y el carisma de su mascota, que no dejaba de olisquear enemigos y advertirnos con la suficiente antelación como para adelantarnos a sus movimientos. Dicho sea de paso, nos encontramos con una especie bastante recalcitrante de escarabajo... Tan escurridiza y resistente a nuestros golpes, que nos dejaba perplejos. Gracias al Sol, que el jabalí de Orkand decidió tomarse un tentempié devorando a varios de éstos malditos bichos, y ahorrarnos así su viscosa presencia.



Cuando por fin volví esa noche a Lunargenta para descansar en la posada donde me alojo durante este período de tiempo (ya que mi casa fue arrasada, como ya bien conté en mi anterior relato, mi historia...), volví a oír el sonido de cascos de caballo. Esta vez, no era mi señora Áhenas quien lo montaba, sino otro noble hermano elfo de sangre, de ademanes correctos, quizá altaneros en ocasiones... pero siempre respetuoso; quien se ofreció a ayudarme en los primeros pasos de mi entrenamiento. Dijo llamarse Alundra, y, no queriendo robarle más tiempo (pues daba la impresión de tener importantes quehaceres), me cité con él en el cuartel de los caballeros de sangre al día siguiente, para recibir su ayuda en mi instrucción, tras agradecerle su dedicación.

Llegando todo lo pronto que me permitió una visita que quise hacer solo a ciertas tumbas, fui al encuentro de mi nuevo camarada.

Dedicóme mucho tiempo Alundra, y, además de entrenarme, me contó aspectos de nuestra historia que no recordaba, y muchos más que aún no conocía, dado lo difícil que sobre algunos de estos hechos, resulta hallar documentos fiables. Fui también llevado por él a ver al gran M'uru, la criatura que, traída para nosotros por el Príncipe Kael, nos dota del poder de la Luz para nuestros justicieros propósitos. Aproveché, ya que tan noble caballero me ayudaba y se ofreció a escoltarme, a realizar un encargo que tenía pendiente: el de visitar una isla en el lago al lado de la aldea tomada por los Nerubian, cercana a Tranquillien.

Allí hube de enfrentarme a un digno instructor, que ofrecía arriesgar su vida para que los aprendices a paladín pudiéramos aprender a devolver la vida a nuestros amigos. No es propio de mí el levantar la espada contra un hermano elfo de sangre, pero... el ver el arrojo y determinación del instructor, disipó mis dudas, alimentando con sus valores mi valentía. La misión me hacía volver a Lunargenta, donde fue llevado el cadáver del pobre maestro abatido bajo mis golpes. Tras conseguir restaurarle la salud, y no sin dificultad; y despedirme agradecido de Alundra, quien partió raudo a sus otras tareas, decidí tomarme un muy merecido reposo.

Al despertar de mi sueño, volví, una vez más a hallar a mi respetada y hermosa Áhenas mientras me encontraba reposando en la también, aunque no tanto, hermosa posada de Lunargenta. Mientras hablábamos más tranquilamente ahora, dado el ambiente recogido del lugar, llegaron a mis oídos voces desde la calzada colindante, que resultaron ser las de otro señor elfo que buscaba alojamiento y entretenimiento.

Salí al encuentro de este elfo, quien se presentó como Kailëbh, a quien podíamos llamar "Kai", como divertido, dijo al comprobar lo luengo de su nombre (no quedándose mi apodo corto, le ofrecí de ser llamado por él "Vlad", como hago con casi cualquiera a quien me encuentro, no queriendo jamás utilizar el nombre de mi familia hasta que no le sea devuelta la paz a mi alma). Tras platicar alegremente en la posada, tomándonos las más suaves bebidas que pudimos, por no querer yo pecar de alcoholismo... Me acontecieron hechos en verdad extraños... Durante la conversación, empecé a notar mi visión nublada, o, mejor dicho... como "mezclada" con otra.

Tan mal me sentía, que, como resultado, no hacía sino decir sandeces por mis labios; lo cual, si lo añadimos a mi posterior desmayo, hizo que mis compañeros hubieran de preocuparse no sólo por mi salud mental, sino por lo enfermo que parecía estar mi cuerpo. Lleváronme como buenamente pudieron a un lago cercano, para despabilarme con las aguas que éste contiene. Una vez bien despierto, y habiendo maldecido a los mil demonios leales a Sargeras, y demás imprecaciones que suelen decirse en estas situaciones, decidí sentarme en un banco, tras quitarme la armadura y armas (las cuales, casi hacen que me ahogue, obligando a Kaliëbh a lanzarse al agua a por mi cuerpo en proceso de hundimiento, por olvidarse de quitármelas antes de lanzarme...); para sacarme bien el agua de las orejas y demás. Estando en este ambiente más distendido, aprovechamos para hablar de cosas triviales, como de cuántas cogorzas es capaz de atrapar un buen enano de Forjaz antes de caer tumbado; apareció de nuevo Alundra, ya fuera de sus horas de servicio, quien aprovechó para charlar también con nosotros y así conocernos un poco mejor, fuera de nuestros deberes.



Pasando todos un buen rato, y sin darnos cuenta apenas de las muchas horas que pasamos debatiendo sobre este y otro asuntos, finalmente, nos fuimos yendo cada estrígido a su olivo, y, tras despedirme de todos, y, en especial de mis nuevos conocidos (por supuesto, especialmente de Áhenas, pero, eso ya se sobreentiende), me marché a meditar sobre muchas de las cosas allí habladas que, aunque sin importancia, me dieron qué pensar durante algunas horas.

Volviendo, para terminar, a lo que experimenté en mi cabeza mientras en el hospedaje me hallaba con mis amigos... No sé muy bien cómo expresar en palabras las extrañas sensaciones por las que pasé durante esos instantes. Me sentía como si alguien quisiera leer lo que pienso, o algo así... Y una presencia desconocida para mí, aunque, no sé por qué, a la vez familiar. Espero poder recibir consejo sobre esto, o llegar a mejorar lo suficiente como para impedir que me afecte. Creo que debo ejercitarme, pues... Situaciones como esa que pasé podrían hacer sufrir a mis amigos, algo que jamás me perdonaría; dado que incluso perdí el control de mi dicción y actos, como tan mal sucedió en la mencionada posada. Aunque... A decir verdad... Empiezo a hacerme ligeras ideas sobre los por qués del interés del Príncipe Kael' Thas sobre mi persona...

¿Estaré, acaso, siendo utilizado?

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 4:49 pm

Soy Zonko, quien os narra estas aventuras que Vlad me confió por mi afán de coleccionista de textos y sabiduría. Aquí sigo narrándoos los hechos tal como él los escribió en su Libro Blanco con el sello de su padre, que tomaba por diario, y recuperado por mí tras la desaparición del elfo gracias a su antiguo camarada, Alundra, de quien no supe más.

CAPÍTULO II: "Aquello que no nos mata..."

Aconteciéronme más hechos hasta los que relato, pero los decidí obviar dada su copiosa forma de suceder. Comenzaré narrando el cómo una noche estuve con mi señora en la taberna esa que suelen regentar los ciudadanos de Azeroth en la Bahía del Botín.

Pero comenzaré sin ir a trompicones, y por el inicio. Una noche que andaba ya muy cansado de litigar contra bestias salvajes por la zona de los Baldíos que Orkand me enseñó a conocer para no perderme, decidí ir a Trinquete a pie, para a ver si, con un poco de tino, lograba terminar de romperme la rodilla, pues otro sentido, la verdad... No soy capaz de darle, ya que simplemente me apeteció.

Una vez allí, cuán grata alegría me llevé al ver sentada a una mesa a Áhenas... Aunque, ¡cambióseme el rostro cuando a su lado vi a un hombre, y en este caso humano!, aunque, que sea hombre, era peor, si ustedes me entienden... O, al menos me desagradó al principio, si me dejáis explicarme. Dijo llamarse MacMardigan este caballero y, tras cruzar tan sólo dos frases con él y, tras haberme sentado a la mesa para acompañarles invitado por éste último, me dí cuenta de que a mi lado, pese a que un humano debiera ser mi enemigo... Se encontraba un hombre de honor.



Me gustaron mucho los ideales a los que servía, sus buenos modales y, sobre todo que, pese a ser humano, no se considerase ser un sirviente acérrimo de la Alianza, dadas sus ideas; cosa que me satisfizo, porque eso querría decir que no tendría que obligarme por mi deber a enfrentar armas con tan noble hombre. Mi señora no estuvo muy parlanchina ese día, dicho sea de paso... E insistió en invitar al caballero a comer; pareciendo éste el único objetivo de la conversación en la que tomé parte. Lamenté no acompañarle, pero... yo ya había cenado gracias a los pequeños mamíferos que encontré en los baldíos... Aunque su sangre no es del todo de mi agrado, ¡demonios!. Así que vi cómo el hombre cenaba muy a gusto con la carne que Lady Áhenas le pidió para él; dijo que pertenecía a sus negocios esa carne, así que hubo de estar sabrosísima. Me despedí de ellos tras intercambiar alguna que otra broma con Mac (como dijo que quiere que le llame) y un saludo a Áhenas.

Les dejé pues, que fuesen a donde quisiera que tuviesen asuntos que atender, y me lancé de nuevo a un baño en la playa cercana, como acostumbro a hacer siempre que me quedo solo y tranquilo, ya que me calma sobremanera. Tras estar luego para secarme, mirando un rato al mar y cómo pasaban los barcos, me fuí a Trinquete a la posada, para descansar un poco.

Dos días después llegué a Orgrimmar, donde me encontré con mis camaradas cadavéricos andantes, Sharkall y Jack, y aproveché para apuntarme a donde quisiera que fuesen. Ya deambulando por las calles de la ciudad, conocimos a Yodah, un goblin con un acento que... Pese a ser extraño, me resulta extrañamente familiar... Tras ver que era noble, dados sus modales (y que no me intentase robar la bolsa o a mis amigos...), supe que era de fiar. Incluso conocía a Jack, así que sería de confianza. Le dije pues que, pese a sus quehaceres, podría confiar en nosotros para cuando se encontrase solo o en apuros, pese a que no aparente necesitar mucha ayuda.



Cuando Yodah finalmente partió para seguir con su tarea, y no queriendo ser cansinos con su persona... Fuimos finalmente a ver quién era esa enorme mole que había al final de la calle... Que no pudo ser otro que nuestro camarada Ragen, que acudió a la ciudad ese día.

Como es lógico, nos fuimos todos a practicar nuestro deporte favorito...: ¡El de aplastar bicharracos! Nos introdujimos en una cueva que "supuestamente" Ragen conocía de palmo a palmo... Sí, como podréis adivinar por la forma de decirlo, no sólo nos perdimos, sino que fue aún peor... Los monstruos eran tantos, tan organizados y tan fuertes, que mis amigos caían inconscientes cada dos por tres, y mis habilidades de curar heridas no daban abasto, si es que llegaban a tiempo. Al final, tras luchar contra los monstruos, que resultaron ser unas temibles invocaciones realizadas por parte de unos malhablados chamanes orcos; y enfrentarnos a estos mismos, no saliendo muy bien parados, decidimos poner pies en polvorosa para volver más fuertes y darles una lección, como dijo Ragen.



Al volver juntos por acompañar a Ragen hacia Trinquete, donde debía atender negocios, nos encontramos con una terrible pareja: Un elfo y un goblin ladronzuelos. O al menos así lo era éste último, pues le sisó la bolsa a mi amigo Jack e intentó hacerse con la mía, pudiendo sólo robarme alguna moneda de oro. Jack no tuvo tan buen humor como yo, lo cual comprendo... Y se dedicó a intentar dar caza al goblin por todo Trinquete. Yo, por mi parte, preferí sentarme a que se cansase el goblin de hacer el tonto y el elfo de reirle las gracias... Pues ya estaba cansado de trabajar ese día y no estaba para aguantar estupideces. Jack incluso casi se ahoga el pobre con toda su armadura puesta al intentar darle caza sobre una caja flotando en el agua. Por culpa del dichoso goblin, quien averigüé que se llamaba Beetle y por los alientos que el elfo le daba, mi amigo Jack perdió nada menos que tres veces el barco para salir de allí.



A las pocas horas de haber cenado, recibí una carta de Ragen, que me decía que había de acudir a una llamada de todo el ejército de la Horda, para tratar de dar caza a un malvado brujo y la madre que lo parió en unas islas "cercanas" a Trinquete. Como, tras el ver a Jack perder varios barcos, me harté de estos por un rato... Decidí sacarme la armadura y ponerla en un tablón atado a mi pierna e ir nadando como sólo un elfo sabe nadar: Tan rápido que parece perseguido por un tiburón de fauces de diez metros de diámetro... El sitio se llamaba "Islas del Eco", como me dijo Ragen al llegar yo y salir en mi búsqueda gritando. Ni que decir tiene que antes me encontré con gente de mi raza y otros aliados que, al verme, no sólo no me prestaron ayuda sino que se burlaron de mi situación o simplemente pasaron de largo sobre sus monturas. Una de estas era la maldita Inwënmire, a quien, si ya quería ver muerta o violada incluso, imagináos ahora, cuando en tan difícil situación de combate, aprovechaba para, en vez de ayudar a mis amigos y a mí, reírse de nuestra inexperiencia en batalla... Es que... ¿Ella nacería experta? Lo dudo, muchachos...

Me situé cerca de un gran troll que me cubría las espaldas y que, pese a lo fuerte que era sobre mí, logré asistir como pude lanzándole algún que otro poder de la luz para ayudarle en el combate contra las malditas criaturas de la Isla. Entre estos bichejos andaban trolls más grandes que un demonio y con menos cerebro que la elfa antes mencionada.

También me encontré al maldito pícaro que reía las gracias al goblin ladroncete; ahora sabía que se llamaba Bleedart, dados los gritos que dirigían a él con ese nombre para pedirle ayuda. Por lo menos, a partir de este instante, ya sé quién es para evitarlo lo más posible. Entre los hermanos combatientes de la Horda que allí estuvieron, me encontré con Gûrath, a quien conocí de vista en Orgrimmar el día anterior en la armería; y también con nuevos luchadores a quienes no había visto nunca antes; y otros a quien preferiría arrancarme los ojos antes que volver a tenerlos ante ellos. Eso sí, ni siquiera logré ver allí a mi amigo Ragen... Y estuve preocupado por su suerte casi todo el rato (dado que los enemigos me distraían de pensar en algo que no fuera matar), pese a lo fuerte que es. Tampoco vi allí a Tidah, Jack o a otros conocidos míos como Orkand, si es que estaban a la vista, con tanto enemigo y tanta mata de hierba y árbol.



Dada la enorme fuerza del brujo, quien aparecía con más y más soldados e invocaciones cada dos por tres, para tendernos a cada cual peores emboscadas cuando aprovechábamos para descansar... Y mi poca fuerza y experiencia en aquellos momentos, eran incontables las veces que caía agotado y derrotado. Pese a mis intentos por levantarme, ya no pude más... Y empeoró la situación el ver que mis camaradas intentaban ayudarme, pero otros preferían hacer la vista gorda y alimentar su ego con mi debilidad. Sin embargo, no todo fue tan malo... Ya que gente como la altanera Inwënmire, también cayó desmayada en más de una ocasión, para mi regocijo y catarsis.

Antes de irme pude ver la inusitada enorme fuerza de combate de mi señora Áhenas, con quien no pude cruzar ni la mitad de miradas que habría querido; y también conocí a un honorable orco llamado Mordrekai, me dijo; quien, además de darme ánimos y no burlarse por mi debilidad, me prometió asistencia para el futuro. Me dijo que me haría fuerte, y que vería muchas victorias. Así que no me fuí triste del todo, sino... simplemente, me fuí.

Lo que hice a continuación no fue por supuesto deprimirme, sino hacer lo que se debe. "Si algo no te sale bien, practica más, pues el trabajo ennoblece. El dolor físico fortifica el cuerpo y con ello la mente y el alma se purifican". Más raudo de lo que debería dada mi falta de fuerzas, logré salir de la isla, tras desearles la victoria a mis amigos y recién conocidos aunque serían amigos en el futuro, y partí para entrenar hasta caer de verdad vencido, pero de agotamiento y no frente a un rival imposible.

Cuando llegué a Trinquete, un goblin que tropezó frente a mi bota (ya rota, causa por la que tropezó); tras las maldiciones típicas, me encargó que fuese a arrancarles la cabeza a ciertos piratas humanos que estaban molestando en los negocios del núcleo urbano. Así que, tras limpiar la espada un poco y comprarme unas botas nuevas, encaminé para donde dijo el goblin... "Cehca del Fuehte del Nohte". Tras cortarle la coleta a más de uno a la altura de la nuez, seguí hacia arriba en una colina, donde estaba el mencionado fuerte. Allí vi a un goblin muy bien ataviado que, con su vara, trataba de noquear a dos guardias humanos bastante persistentes para con él. Dijo llamarse Wozz este amistoso piel verde.

Tras ayudarle, aunque dio la impresión de que podría haberlo hecho solo... Le conté lo que me había pasado y, tras darme ánimos, me dijo que vendría conmigo para asistirme con sus magnos poderes mágicos en mi entrenamiento. Casualmente, el goblin se percató de cierta mole de pelo con cuernos que venía hacia nosotros. Antes de armarse, le dije que se trataría sin duda de Ragen.

Fue este mismo quien, al llegar también agotado, y mostrarme que le ocurrió algo similar a lo que a mí horas antes, me propuso unirle a nuestra partida de "caza" de humanos por la zona. Pese a que a mí no me gusta matar por matar vida inteligente, estos humanos sí daban motivos para ello, pues... Si no les matabas tú, eran ellos quienes te daban un pase al infierno mediante una cuarta de acero en tus entrañas. Wozz incluso aprovechaba para insultarles previamente, dada la torpeza de estos guardias humanos, al andar con tan pesada armadura. Este goblin hacía mucho más ameno el luchar contra enemigos, incluso cuando encontraba un tesoro, al grito de "¡¡ORO!!", y, tras eso, se ponía a danzar para festejar el evento.



Estuvimos un buen rato afilando nuestras espadas con la armadura de los humanos al matarles y decidimos partir a las islas de la zona, para ver si encontrábamos presas más grandes, pero no demasiado... A las que hincarles el diente. Habría sido muy divertido... ¡Si no fuera porque nos encontramos con una enorme mole! Era un enorme gigante marino que vivía en una de esas islas, el cual no atendía mucho a los... "¡Tranquilo, somos amigos!". Ni siquiera con la ayuda invocada de Wozz, llamada Orm, y entre todos logramos hacerle frente al gigantón, así que... llevamos a cabo una llamada "retirada estratégica", que nos costó bastante, dado que... ¡¡Por cada paso que daba el gigante, nosotros habíamos de dar por lo menos doce!!



Por si no tuvimos bastante con el gigante de los mares, nos tocó otra morsa descomunal, o al menos descomunalmente boba. Me explico, me refiero al maldito imbécil que fuera el que gobernase el timón del barco que casi nos tritura a los tres al pasar cerca de Trinquete. Debía de estar beodo el pobre, ¡y de qué modo! ya que incluso el barco hacía eses al llegar a la costa antes de atracar.

Una vez de nuevo en Trinquete, aproveché para leer el correo, tras las amables indicaciones del goblin cartero al lanzarme una bolsa de cartas a la nuca. Mi amigo Orkand me había enviado un presente: Una fabulosa cota de mallas, así que me dediqué unos minutos en la oficina de correos a contestarle como bien pude mientras trataba de sacarme el agua de las orejas. Aproveché también para mandar una carta a "alguien"... Persona por la cual me sentí algo triste e inútil.


Última edición por Big Boss el Lun Abr 20, 2009 11:13 pm, editado 3 veces

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 4:50 pm

Wozz me preguntó que por qué mostraba tanta tristeza. Y es que... Tras ver mi dificultad para sobrellevar todo lo que los demás hacían tan fácilmente, y al verles a todos tan fuertes y orgullosos y a mí tan débil, aunque valiente; me derrumbé. Wozz supo animarme y, tras decirle que sus palabras eran mucho más altas que él físicamente, le tendí la mano. A partir de ahora, tendría un amigo en mí el camarada verde. Ragen mientras tanto, había estado "negociando agresivamente" con un goblin encargado de los viajes, que se negaba a alquilarnos las mantícoras a la hora que las necesitábamos. Como bien dijo el Tauren...: "Una pata tauren sobre la cabeza no pasa inadvertida", a lo cual no pude evitar carcajearme, dado el buen humor que demuestra el condenado. Aunque... a decir verdad, no es que las mantícoras sean una montura de mi agrado, precisamente... Dado el olor tan propio que tienen y la manía de, de vez en cuando, lanzar un zarpazo o un latigazo con la cola a su jinete...

Llegamos a Orgrimmar, desde donde cogimos el dirigible goblin hacia la ciudad de Entrañas. Dijo Wozz que me vendría bien pasar por los Claros de Tirisfal y zonas colindantes a entrenarme, dado que los humanos que moraban por allí y los no muertos enemigos, muchas veces llevaban alhajas bastante valiosas para venderlas luego y poder así comprarme una capa nueva, y sin jirones de fábrica...

Wozz aprovechaba para dar discursos incluso al llegar a poblados enemigos, pidiendo lo que más le gusta: "¡ORO!".



Tras entrar en una abandonada fortaleza donde hubimos de asesinar a decenas de hombres lobo (increíble que esas cosas alguna vez fueran humanas...), fuimos finalmente cada uno por nuestro lado a reponer fuerzas y Wozz a intercambiar el oro obtenido por lo que fuera que necesitase, o simplemente por guardarlo, como gusta a todo buen goblin. Yo me dirigí a El Sepulcro, donde vi que ese "alguien" ya había contestado mi carta. Pongo su respuesta, que no mi carta, dada la enorme vergüenza que me produce exponer aquí lo que le conté.

"No tienes que disculparte. La verdad es que me sorprendió verte allí. Esa guerra no es nuestra guerra. Los trolls no nos han invitado a ella. Inwënmire fue porque tenía una deuda pendiente con un troll y la saldó ayudándole. Yo porque tenía que ir a buscar a un goblin. Los demás ignoro por qué fueron.

Es normal que huyeras y supongo que fue lo mejor, es más importante que sigas vivo y poder ayudar el resto de tus días a que mueras y tu contribución acabe aquí. Halla el consuelo en esas palabras.

Si te sientes mal con eso, no te castigues, enmiéndalo en posteriores batallas no volviéndolo a hacer. Ya te dije que el camino es duro y que, en algún momento determinado, terminas traicionándote a tí mismo y a tus ideales. A todos nos pasa y a todos nos seguirá pasando hasta que lleguemos a madurar. Es allí cuando consigues servir fielmente a una causa incluso sacrificando tu vida. Pero ahora, es muy temprano para eso.

Espero vernos pronto y así poder charlar sobre el tema. Sin más que añadir.

Lady Áhenas Andúnïe de Citra y de Lunargenta."


Sí, era ella a quien escribí, transmitiéndole mi pesar y demás sentimientos dado lo que sufrí al verla allí en combate y yo cayendo inútilmente. Volví a escribirle, pero no recuerdo ya qué fue lo que le dije... Supongo que lo expondré, de venirme a la mente en un futuro...

Descansé un poco mejor tras la molienda de palos que sufrí en el fuerte de los hombres lobo; los cuales nos derribaron a mí y a Ragen más de una y más de dos veces por barba. ¡Gracias al Sol que contábamos con el respaldo de Wozz para salir de allí con la cabeza colocada sobre los hombros!.

Al día siguiente, me encontré con Jack, que por la zona deambulaba, al ser los no muertos sus hermanos, obviamente. Me marché con él a Entrañas, para ver a un herrero, pues quería Jack usar su forja para crear armas y otros elementos útiles. Me ayudó Jack regalándome unas grebas nuevas y unos guanteletes; y ayudándome a encontrar más armas a la venta como hachas; y luego marchóse a descansar. Yo aproveché para coger el primer murciélago que saliese hacia Tranquillien.

Una vez allí me encontré parados a dos elfos sin'dorei. Uno de ellos era una hermosísima ejemplar que dijo llamarse Khelsia, y de profesión Paladín. Mostraba mucho interés en mi recién adquirida hacha y me dijo que estaba interesada en aprender sobre el manejo de más armas. Así que le dije la verdad: que me enseñó a manejar el hacha un maestro de armas de Orgrimmar la última vez que fuí con mis amigos y conocí a Yodah. A los pies de la hermosura capeada, se encontraba el que fue llamado por ella Khalos, su hermano. Dijo ella que estaba meditando, y que se trataba de un mago. Esperé no haberla asustado con mis halagos, pero no puedo evitar ser educado con una dama siempre que esa dama se muestre digna, como lo hizo ésta.

Me despedí de ambos, con pesar, pero debía partir. Esperaba volver a verlos en otras circunstancias y serles más útil.



El motivo de mi visita a Tranquillien fue precisamente el de otra visita: La de Ragen. Me mandó una misiva en la que me mostraba su interés en "explorar" (como él siempre dice) la zona de la Cicatriz Muerta. Cuando llegó el cazador, nos fuimos juntos a exterminar una plaga de Nerubians que en una aldea de la zona se había desatado. Pero, cuando volvimos para recoger nuestra recompensa a la capital, resultó que Alundra había mandado un mensajero para indicarme que la ciudad de Lunargenta iba a ser atacada en breve.

Doliéndome en el alma hube de decir adiós a mi amigo y partir para allá de inmediato, quienquiera que fuera el enemigo. Alundra me pedía además que avisase a todo sin'dorei y espada, vara o puñal que pudiese ayudar para reunirnos en Lunargenta, así que avisé a todo Dios que con vida o no vida encontré por el camino. Donde hube de reunir más gente fue en Entrañas, y desde allí tomamos todos el portal hacia Lunargenta.

Conocí también a otro elfo llamado Galious, a quien, qué demonios... Invité también a luchar por la ciudad. Vínose este también con nosotros para luchar en Lunargenta. No tuvimos mucho tiempo para dialogar ni Inwënmire o Serena de meterse conmigo y yo contestarles, pues... Cuán grande y a la vez triste fue nuestra sorpresa al encontrarnos en la ciudad... CON ESTO:



La metrópoli estaba completamente arrasada, y vanos fueron nuestros intentos por salvar incluso a unos jóvenes aprendices, pues el edificio en el que se encontraban se derrumbó justo cuando salíamos con Alundra, quien nos avisó de ello justo a tiempo.

Acabamos como pudimos con muchas de esas horrorosas criaturas, muy apropiadamente llamadas "Abominaciones". Y, pese a las estupideces y miradas cargadas de ira que me lanzaban mis "enemigas y enemigos" hermanos incluso, seguí a Alundra para ayudar a los guardias donde hiciera falta; incluso jugándome que una Abominación me rebanara el gaznate mientras curaba a uno. Incluso... Pese al odio injusto que me profesa, salvé la vida a Inwënmire, curándola cuando cayó desmayada bajo los golpes de un enemigo. Cosa que, por supuesto, no me agradecería jamás, dicho sea de paso...

Seguí como pude, sorteando enemigos y escupitajos de otras personas, a Alundra hasta el trono, donde nos encontramos a este... Digo caballero por formalismo, aunque de verdad fuese un bastardo. Era un sindo'rei, o al menos, eso parecía, y dijo llamarse Ashxel. Iba con un aspecto de lo más oscuro, y con un parche en un ojo. Fue derribando a todos nuestros compañeros, uno a uno, y de un solo golpe la más de las veces, entre espadazos y bolas de fuego; y no sólo pudo conmigo...



¿Dónde estaba Alundra? Se detuvo unos instantes a atender asuntos, pero llegó finalmente y atravesó a ese maldito de un picotazo con su espada de parte a parte, para enseñarle modales. Herido, se tornó en un terrible dragón y, tras tratar de confundirnos, volvió a tornarse humano en el trono, para luchar y caer finalmente a nuestras manos y asestarle Alundra el golpe que haría que su ojo sano ya no volviese a abrirse.

Se acercó Lord Alundra al cadáver y extrajo algo. Tras esto, nos dio la espalda unos instantes, pensativo. Finalmente, apareció otro elfo, o eso parecía, que, a pesar de las palabras insultantes de algunos hacia él, nos mostró amabilidad y ofreció ayudar a Alundra. Por todos los dragones, que el elfo este se convirtió en... ¡Precisamente un dragón! Tan corto ni perezoso, dijo que quería estirar las alas y se encaminó hacia la puerta de la ciudad volando como si le persiguiera un ejército detrás.

Y no era para menos, dado lo que en la entrada y en lontananza nos esperaba... Para aquellos que hubiesen estado atragantándose de muertos vivientes... ¡Doble ración! Salían hasta de debajo de las piedras, los malnacidos, y costó horrores finalizar sus no vidas de una vez por todas. Tras caer yo de nuevo, hubo victoria al fin y fue Alundra quien me ayudó a incorporarme para ver la pila de cadáveres que había alrededor de los héroes de Lunargenta.



Pese a que no pude hacer mucho, Alundra me despidió dándome ánimos. Yo tuve paz, a pesar de que algunos moscones me perseguían para reírse de mí, pues sabía, que había hecho lo correcto, y no iba además a ponerme a la altura de tan bajos seres que ni dignos son de llamarse aliados nuestros.

Tras sacarme una piedra de la bota y una lombriz del coleto de pieles, me decanté por ir a descansar, para recuperar fuerzas y escribir estas líneas mientras. Mañana sería otro día...


Última edición por Big Boss el Lun Abr 20, 2009 11:26 pm, editado 3 veces

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 5:52 pm

CAPÍTULO III: “…Nos hace más fuertes”

Tras los incidentes acaecidos en la anterior historia, me encaminé, tras descansar bastante, hacia la zona de las Tierras Fantasma, donde me fue encomendado luchar contra unos malditos acólitos y esotros espíritus cerca de la Aldea Brisaveloz, de donde es natal Lady Sylvanas.

Tras estar un par de horas deambulando por allí y recibir mi pago por llevar pruebas de mi éxito en la misión, decidí volver a Lunargenta, ahora en ruinas, para ver si por allí había alguien con vida o podía ayudar en algo a quien estuviese a su vez, colaborando en su reconstrucción.

Me encontré a Alundra en la posada, algo afectado mi señor por lo ocurrido anteriormente, como era de esperar. Me fue fácil solidarizarme con él, ya que compartimos un dolor similar, dado nuestro amor por Lunargenta y los elfos que la habitan. Me contó lo de sus enemigos, que habían conspirado contra él incluso antes de nacer éste. Él también ha sido, pues, utilizado…

Incluso llegó a intentar culparse a sí mismo, por lo de que la ira de sus enemigos se volcase sobre toda la raza sindo’rei de aquella forma. No toleré esas palabras de su parte, pues… Como le dije, si no le hubieran utilizado a él, habrían usado a otro sujeto, como siempre hacen las fuerzas del mal.



Incluso llegó milord a decir que no tenía nadie ni nada ya que le obligase a volver. Eso me obligó a decirle que se equivocaba, que le amaban muchas personas y muchos, como yo, necesitábamos de su fuerza y su guía. Espero que jamás mis acciones le puedan dañar, pues ya ha sufrido bastante… Tras esto, me dijo el lord que necesitaría gente como yo en el futuro, que, pese a no ser lo bastante fuerte ahora, lo sería en el futuro. Me pidió que me hiciera fuerte para proteger a los que amo; cosa la única en mi vida que me ha movido y me moverá, con lo cual, no me costó darle mi palabra de honor. No puede evitar incluso arrodillarme ante su persona, dada la bondad que había mostrado; me lo pedía mi corazón. Finalmente, me despedí para dejarle un rato a solas, sabiendo que lo necesitaba su alma, para pensar. Fui luego a ver al entrenador de paladines correspondiente, a quien pedí ayuda en lugar de Alondra, para evitar molestarle. Finalmente, me marché a decapitar unos cuantos guerreros esqueléticos a la Cicatriz Muerta hasta que fui avisado por un elfo de pies muy ligeros que me dijo que me esperaban dos malolientes cadáveres andantes en los Baldíos, concretamente en El Cruce. Evité no arrancarle las orejas de cuajo al maldito mensajero por insultar así a mis amigos y decidí ir a donde me dijeron.

Tras un largo rato volando… Y menudo mareo que me produjo tal cosa, por cierto, pues de nuevo lo hice en una de esas dichosas y peludas mantícoras… Al llegar allí al cruce, vi que ya estaban reunidos dos de mis amigos: Wozz y Sharkall; subido éste primero sobre una extraña montura… ¡¡Una tortuga!!



Dijo Wozz de guiarnos al combate a lomos de su bestia, para atacar a enormes fierazas. Y así fue, siguiéndole hacia las afueras de El Cruce y alejándonos más, nos enfrentamos a bestias tales como enormes felinos melenudos. La tortuga de Wozz estaba cansada de tanto correr (normal en una tortuga, qué demonios…) y acabó yendo a pie, el goblin. Siguiéndole y matando de hito en hito a alguna que otra alimaña… Acabamos dando con una extraña Caverna, donde, pese a lo aparentemente inofensivos de unos extraños “mocos”, y, siguiendo el aviso de Wozz… Me mostré cauteloso, pues luego se revelaron unas bestias insaciables a la hora de luchar y opusieron bastante resistencia.

Nos enfrentamos incluso a unos extrañísimos druidas elfos pieles azules que por allí andaban con el rostro tapado. También vimos a un pobre Tauren abandonado a su suerte así por las buenas, en mitad de la caverna. Estando atendiendo al mencionado Tauren, me encontré con que mi amigo Jack también había dado con esa caverna, aunque sin buscarla. Así que, tras saludarnos por no habernos visto unos días, decidí sumarle a nuestro grupo. Con él venía también Ragen, que se apunta a un bombardeo masivo, con la excusa de “explorar” nuevos lugares.

Llenamos nuestros bolsillos de extraños objetos pegados incluso a las patas de las arañas que allí moraban… Arañas que a su vez nos pegaban a nosotros sus vísceras y demás sustancias en nuestros ropajes, dicho sea de paso… Ragen acabó exhausto, a todo esto, y decidimos salir con él a cualquier otra zona en la que no estuviésemos en peligro mortal sin siquiera avanzar medio paso.

Fuimos, pues a las afueras de Trinquete, a matar el tiempo y… algún que otro pirata humano, por supuesto. Avanzando más y explorando por ver lo que encontrábamos, llegamos a una zona poblada por enormes lagartos de trueno y kodos, aunque no tan amistosos estos últimos como acostumbran. También hubimos de luchar contra extraños y también feroces saurios que nos asaltaban, y perseguían a gran velocidad por las estepas sin previo aviso.



Gracias a Dios que mis amigos y yo no sólo contamos con buenas armas, sino con agallas para plantar cara a estos bichejos carnívoros.

Llegamos a un lugar llamado “Campamento Taurajo”, en el cual nos encomendaron MATAR de la forma más cruel posible a una pandilla de letales hombres cerdo. Fue este, a partir de ese día, uno de mis deportes favoritos, ya que, como dicen los humanos: “Del cerdo, se aprovecha todo”. Lo que más me gusta es los berridos que pegan al morir los condenados, que me resultan muy graciosos, aunque, en verdad, no los mate por diversión… ¿Me estaré volviendo cruel? No, se trata simplemente de una cuestión de supervivencia… O ellos o los pacíficos Tauren, así que ayudo a los Tauren contra estos desorganizados cerdos espinados.

Cuando finalizamos y acabamos cansados de gruñidos y berridos de cerdos, fuimos juntos a Trinquete, para… Sí, volver a un sitio que ya conozco bien por haber estado con Wozz el otro día. Era mi deseo llevar a Sharkall esta vez a destripar a los guardias humanos que una vez se burlaron de él al pasar por el Fuerte del Norte de cerca de Trinquete.

Tras luchar un buen rato contra esos enlatados y aburridos guardias, Jack nos retó a una competición harto extraña… A ver quién aguantaba más tiempo debajo del agua… (obviamente ganarían él o Sharkall, al estar ya muertos…); la cual fue muy divertida. Aunque no menos lo fue ver a Ragen y a Jack con gorros navideños, comprados a un ayudante del padre invierno… Aunque algo mojados, la verdad.



Bueno, supongo que un guerrero también necesita divertirse de formas alternativas que matar, matar, matar, aporrear y matar, ¿no?

Fue allí en Trinquete, donde nos separamos hasta el día siguiente. Al final sólo acudió Ragen, así que… Bueno, decidimos continuar con nuestro divertido deporte de masacrar hombres cerdo, que, como jocoso le oí decir…: “Al menos son más guapos que los humanos”, con el perdón de MacMardigan, no pude evitar carcajearme ante tal frase.



Menos mal que fuimos juntos, pues había algunos que más que hombres cerdo, parecían cerdos acorazados, de la cantidad de armadura que llevaban encima, y era casi imposible atinarles un golpe letal, ¡pardiez!. Ragen acabó molido después de masacrar unos cuantos cerdos de esta índole, y decidió que ya era hora de irse a descansar sus viejos pero fuertes huesos. Yo aproveché para preguntar en Taurajo si tenía correo. Y así era. Recibí una carta de una tal Lua, la cual transcribo aquí tal cual me vino:

“Oa, Soy Lua. Te mando eto de pate de mi ayo Modekai. Le pegunté que poqué te lo daba, y me contetó que ‘¡Poque sí!’ Así que ya sabeh.

Difutalo mucho y sé bueno. Que dise mi ayo que ayudá a la gente buena ya eh en sí una buena recompensa.

Chau chau”


Bendita sea la tal Lua y bendito sea Mordrekai, quien, presumo, es el tal “ayo” que mencionaba; por enviarme este mensaje de apoyo y con él unas buenas botas, ya que las mías, como ya mencioné, estaban para ser utilizadas como botas pero por un ogro, de lo tersas que estaban ya. Dos días después de haber recibido este paquete, y, por supuesto, después de haberle contestado; me encontré un momento con Sharkall y Ragen en El Cruce, aunque esta vez no era para irnos juntos, pues cada uno tenía asuntos propios que atender.

Yo fui a la Vega del Gran Bosque y la Senda de las Tejedoras y sus zonas colindantes… Pues el lugar me era curioso, después de haberlo visto un día con Orkand, cuando íbamos juntos todos a entrenar y cazar arañas y lagartos de trueno por allí. También vi la Vega Carbonizada… Su mera visión era horripilante… Tantos árboles, destruidos… Hube de volverme atrás de la tristeza que me atrapó de golpe.



Cuando llegué a un lugar cercano llamado “Refugio Roca del Sol”, me encontré con Jack, quien ya se tenía que marchar por negocios, y luego con Ragen, quien decidió acompañarme un rato. Ya no llevaba esa apestosa y odiada por todos e incluso por él araña por mascota, sino a un valiente oso pardo. Al final me atreví a bajar a la dichosa Vega Carbonizada, ya acompañado por Ragen y su candil que alumbraba la zona; algo muy útil, ya que nos rondaban constantemente arpías y quimeras por todas partes, y no precisamente hartas de comer…

Pese a mis advertencias, Ragen quiso seguir explorando más allá de estas tierras, para adentrarnos en las llamadas planicies de Desolace. Yo olía el peligro desde muy lejos incluso antes de entrar; aunque, pardiez, ¡que no será por ser cobardes por lo que se nos conoce a ambos! Anduvimos un largo trecho, acabando con las bestias que nos asaltaban, las cuales eran mucho más fuertes que lo que acostumbrábamos a matar corrientemente… Todo un reto, de verdad. Vimos incluso a un formidable señor de las bestias, perteneciente a esta raza híbrida entre orco y ogro, como lo fuera el gran héroe Rexxar; por aquellas zonas.



Vimos Ragen y yo una especie de fuerte orco, pero… No pertenecían a la Horda, pues nos atacaron con saña. También vimos unas extrañas torres humanas, construidas al estilo élfico, donde moraban una especie de hechiceros pacíficos, a pesar de ser humanos; lo cual nos agradó, vista la cantidad de enemigos que había por la zona… También vimos a los camaradas de Illidan: Los nagas, aunque… Estos no parecían muy amistosos y tuvimos que esquivar sus terribles arponazos.

Por fin, entre desastrosa huída y terrorífico combate tras otro, logramos vislumbrar de lejos una aldea troll, a la cual fuimos corriendo como pudimos, perseguidos por toda una legión de enormes lagartos del trueno y otros derivados que, por lo feroces que eran… No sería aconsejable haberme detenido a estudiar a qué clase de subfamilia de los anteriores pertenecerían, si ustedes me siguen…

Eran unos trolls cazasombras los que vivían en ella, y al menos, nos cuidaron bien y cuidaron de nuestras heridas, pues, si no luchamos contra los monstruos fue por agotamiento, que no por cobardía. Salí de allí en mantícora, habiendo pagado bastante por lograr una para orgrimmar. Necesitaba ver tierras conocidas, por una vez, me dije. Desde allí viajé de nuevo a Lunargenta… Aunque… ¡Ya habían reparado bastante la ciudad! Me pareció imposible, hasta que me detuve a pensar… Acabé preguntando a un guardia en qué día estábamos, y… ¡Diablos! ¡¡Habían pasado casi diez días!!

Eso sólo quiere decir una cosa, que fui capturado. Y me fue probado esto, cuando encontré una brizna de cabello azul en mi capa. Azul… ¡Sólo podía ser de una persona en todo el mundo! Esto quería decir, que, aprovechando la noche que dormí en la aldea troll, alguien lo arregló todo para capturarme. Pero… Es muy extraño, no me robaron, ni noté ningún cambio en mí en ningún aspecto. De repente, me desmayé o caí dormido; no sé… El caso, es que sentí recordar un rostro bajo una capa, con unas enormes orejas asomando por agujeros a ambos lados de esta. También recordaba un arco a sus espaldas. Pero todo se volvió negro cuando intenté ver más.

Estuve unas horas dando vueltas por la ciudad, visitando gente como el maestro de caballeros de sangre, y el armero. Así como a la nueva y hermosa posadera y demás personas que acostumbro a pasar a saludar… Cuando vi que tenía una carta esperándome. Era de mi amigo Jack, que me deseaba un feliz año nuevo. Aquí reproduzco su carta y mi contestación posterior a la misma:

Carta de Jack:

“Feliz año. Eres el único elfo que parece, más bien, es buena persona. Eres un gran paladín, dentro de poco alcanzarás una fuerza superior a la de todos los guerreros.

FELIZ AÑO”


Contestación de Vlad:

“Gracias, Jack. Disculpa mi ausencia estos días, pero… Ni yo mismo sé lo que me ha pasado. Sólo sé que, al día siguiente de abandonar a Ragen en la zona esta tan malvada donde estuvimos, perdí el sentido al poco de levantarme. No recuerdo nada, y sufro unos dolores horrorosos de cabeza.

Feliz año. Tu amigo. Vlad”

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 5:53 pm

Volví a ver a mi maestro de paladines, pues, resultó que un guardia me pegó un pescozón en la oreja para avisarme de que se me requería inmediatamente allí. Me fue encargada la misión de ver a un maestro que se encontraba cerca de la isla del Caminante del Sol. La tarea que tuve que desempeñar me fue expuesta al poco de llegar: Debía vencer en combate a cuatro campeones caballeros de sangre en singular combate. Tras hacerlo lo mejor que pude, y aprovechar el peso de mi arma para derribarlos y así ir dando mandobles a diestra y también a siniestra; me ascendieron de rango en la orden y fui a celebrarlo con más entrenamiento, ¡como sólo a mí se me ocurriría hacer!

Me entrené con una maestra que me instruyó en el manejo de las lanzas y demás armas de asta, ya sean picas o alabardas. ¡No sólo era terriblemente bella, sino terriblemente fuerte!



Fui también a presentarle mis respetos a Lor’Themar y Lord Ramath, quienes habían vuelto a sus antiguos quehaceres, tras el trabajo tan duro que enfrentaron días atrás junto a los demás hermanos durante el ataque. Estuve también en Entrañas, pero sólo de paso. Fuí al Sur, al llamado Bosque de Argénteos, para ver de qué demonios me hablaba un no muerto al decirme que había hombres lobo por la zona.

Quedé más que satisfecho con tales ferocidades. Habían reducido a cenizas una aldea humana e intentado dejar turutas a varios de los guardias no muertos de la zona. Seguí avanzando y luchando contra lo que al principio pensaba que eran pelotas de pelo con pértigas, y que resultaron ser terrores andantes en miniatura… ¡¡Gnomas magas!!

Al día siguiente, me dirigí a Orgrimmar para ver al maestro de armas que tanto me había vendido y a tan buen precio. Allí hallé a Alundra, que venía en su corcel, y también a Sharkall y a “¿Jack?”. Bueno, ahora aclararé lo sucedido. Le estuve contando a lord Alundra todo lo que me ha acaecido con lo del secuestro y todas esas cosas que me ahorraré repetir, si ustedes me dispensan. También le hube de confesar mi cada vez más profundo y creciente amor por lady Áhenas, y más aún… Al no saber nada de ella durante mucho tiempo. Confesóme Alondra que él no sería ningún problema entre ambos, ya que, de momento, su corazón estaba libre cual mantícora apestosa para mí suele estarlo siempre que puedo evitarlas.

Aproveché para que Sharkall saludase al caballero. Pero el no muerto tenía mucha prisa y deambulaba de un lado para otro resolviendo cosas. Además, estaba un torpe guardia orco, que lo único que se dedicaba a hacer era a lanzar codazos al aire por si, de casualidad, topaban con algún costillar ajeno…



Me avisó Alundra de que algo grave estaba pasando en la ciudad, motivo por el cual se encontraba allí ese día. Hubo un transeúnte, a todo esto, que llamó mi atención. Dijo llamarse “Serpiente”, ¡¡pero a mí no me la daba con queso de Teldrassil, era Jack!! Sin embargo, no desvelé su identidad, por cautela. Pues… Si se ocultaba, sus buenos motivos tendría y no quería poner en peligro su vida. Jack se marchó para otra parte, y nos topamos con Gûrath, que también acudía a la llamada de la autoridad para ver qué había pasado en la ciudad, montando en su enorme lobo.

Se fue el orco sin decir mucho, pues parecía ocupado, y no parecía precisamente idolatrar a Alundra. Nos encontramos de nuevo con “Serpiente”, y le llamé diciéndole que tenía un trabajo para él. Alundra ya sabía por dónde iban los disparos, así que me dispensó y fui con mi amigo “Serpiente”-Jack para ver qué le había pasado.

Mientras intentaba salir por la puerta, me topé con un goblin que anunciaba a los cuatro vientos (y, de haber un quinto, ¡también a este!) sus mercancías. El goblin intentó todo el tiempo intentar que le comprásemos sin descanso. Pero yo le dí largas para ver qué quería en el fondo… Decía tener un mensaje para Jack, así que, finalmente, “Serpiente” se reveló como mi amigo y le fue entregado el mensaje. Decía el mensaje que un tauren “gordo” buscaba a Jack. A esto añadí que mi amigo Ragen debía ser tal tauren, y que no era gordo, sino bajo de tórax. Cuando el goblin añadió que el tauren le había pagado poco por sus servicios, no quedaba duda ya alguna de que se tenía que tratar de Ragen, sin querer ofenderle, claro.

El goblin se pasó un buen rato insultando a otro goblin, llamado Felkin… Y qué casualidad, que el mencionado apareció por la puerta. Casi se lían a golpes en mitad del pasillo si no hubiera sido porque actué de mediador… Y por el terror a los guardias orcos de la ciudad, claro; que no dejan pasar ni una a nadie. Iba acompañado Felkin de su futura esposa, Gumi, otra Goblin, muy graciosos ambos.



El pobre de Sharkall no logró comprarles nada, ni yo tampoco, dadas las discusiones y amenazas que se lanzaban. Finalmente, el goblin del principio acabó yéndose y dejando en paz a Felkin, quien se vino conmigo a seguir a Jack, quien salió disparado. En cuanto a Sharkall, no llegué a verle irse, entre tanta confusión.

Seguimos a Jack, Felkin, Gumi y yo. Y le vimos detenerse dentro de una tienda en el centro de Orgrimmar, en la zona de los comercios. Allí hablaba entre susurros con alguien, pero no logré entender una palabra. Sólo supe que mi amigo estaba en peligro, pues olía su miedo. También capté el olor de esa persona o lo que fuese, y, de verla de nuevo, sabría quién es. Jack salió aterrorizado y temblando de la tienda. No sé qué le dirían, pero sé que su vida correría peligro si hablaba, pues tonto precisamente, no soy para percatarme de la situacion.

Incluso sudaba, Jack, como bien apuntó Felkin. “Y eso que los muertos no sudan…”. Fui a descansar un poco, con la promesa a Jack de ayudarle en cuanto se pudiese. Al poco de levantarme, me encontré a éste último, platicando con Gumi. Llegó luego Gûrath, o… Al menos así lo parecía en un principio. Pedí al orco que se quitase, por favor su yelmo… Y… ¡Resultó ser orca y no orco! Algo tosca pero educada, dijo llamarse Hidajh, e iba acompañada por un enorme simio aparentemente aterrador, pero manso para con los amigos. He de admitir que, será una belleza tosca la de una orca, pero… No obstante, es belleza, y esta mujer la posee en cierto modo.

Al poco se presentó en la zona ya el verdadero Gûrath, y ya empezábamos a inquietarnos con lo que podría estar pasando.



Se presentaron más adelante algunos guerreros trolls, y entre ellos Tidah, a quien no veía desde hacía eones. Pero poco importaba ahora, pues no había tiempo para peroratas, sino para ayudar a Orgrimmar. El propio Gûrath se sorprendió de ver a tantos guerreros reunidos allí. Empecé a oler raro en el ambiente… Gûrath y Gumi afirmaron que también lo notaban. Allí se cocía algo importante, y había tensión, capaz de ser cortada a cuchillo. Más tarde llegó Alundra, mientras esperábamos, y ya nos juntamos bastantes, para lo que quisiera que estuviese pasando allí.

Finalmente un guardia orco nos avisó de que se habían encontrado rastros de desapariciones en la ciudad, y de que un asesino andaba suelto. Así que, ni cortos ni perezosos, seguimos sus instrucciones al pie de la letra. Nos dividimos en grupos para sondear la ciudad palmo a palmo para dar con el asesino. Algo me decía a mí que Jack sabía de qué asesino se trataba…

Llegó mientras tanto el gran guerrero Olvarak, sobre quien Orkand me había hablado varias veces. Así que, antes de que no supiese que pasaba, le conté más o menos lo que ocurría y le dije que el guardia le diría qué más hacer.

Fuimos en mi grupo tanto Gumi, como Jack, un goblin llamado Kozmoz a quien no conocía salvo de intentar vender cosas in situ ese día, y yo mismo.

No tardamos mucho en comenzar a ver hordas de no muertos y demás guerreros, mandados, sin duda, por la asesina mencionada (el guardia orco reveló que era una mujer). Fueron muchas las veces que estas hordas nos derribaron tanto a mí como a mis camaradas, y… De no ser por gente como Olvarak y su valor, que nos contagiaba a los demás para seguir en pie, habríamos terminado muy mal aquél día.



Tras ir a varias partes de la ciudad a ir curando a aliados de sus heridas, y cayendo yo mismo varias veces, fui con un troll llamado Dielst, a quien conocí ese día a informar a Thrall de la situación de la ciudad. Lo cómico fue cuando Dielst trató de hablarnos luego en idioma Troll, el cual no conocíamos ninguno de mis compañeros de equipo, así que nos hizo uno de los goblin de traductor, gracias al Sol.

Un rato después, nos enteramos de que la asesina había logrado escapar de la ciudad, causando una distracción para quitarse la atención de la guardia de su persona y colocarla sobre otra, como más tarde os revelaré. Seguimos a la asesina hasta Entrañas, pues había escapado en un dirigible hacia allí. Nos topamos en el lugar con una guardia no muerta que parecía no saber qué hacíamos allí. Le contamos todo y dijo que ya sabía quién era esta persona. La asesina se llama Kassandra, y era muy peligrosa. Tanto, que Lady Sylvanas misma había encargado a alguien su búsqueda y captura no muerta o muerta.



Dijo que la cazadora de la asesina se llamaba “la Áspid” y que acabaría alcanzando a esa asesina. Espero que no se muestre tan torpe como lo hizo Maiev con Illidan, jajaja, pese a lo bien que nos vino el fracaso de ésta a nuestra raza. Los orcos parecían impacientes, pues preferían perseguir a la asesina a estar charlando. Estaba yo completamente de acuerdo con esto. A cada minuto perdido la asesina estaría más y más lejos de ser atrapada.

Nos despedimos de los demás, y Jack y yo decidimos ir a descansar ya, dado que, por no tener montura, seríamos un estorbo a Alundra y los demás para dar caza a la asesina. Les retrasaríamos. Oía pasos tras de mí, y resultaron ser los de Cryfort, como se presentó un no muerto con una genial cresta que estuvo presente en la anterior batalla. Volvimos nosotros a Orgrimmar, pero… ¡Resultó que algo nuevo pasaba!

Allí estaba de nuevo Alundra para avisarme, de que, esta vez, se había escapado un preso de la cárcel de Orgrimmar. Al parecer todo había sido preparado para facilitar la huída al prófugo. Una vez todos en la cárcel, conocí a un nuevo amigo elfo de sangre, que dijo llamarse Annúminas, de profesión mago, por los atuendos que llevaba, aunque...con los elfos... vaya usted a saber.




¡¡El preso resultó ser ni más ni menos que mi amigo Orkand!! Así que, lo que pensé en un principio ahora sería mucho más que cierto. ¡Alguien le había utilizado! Los guardias que había por la prisión fueron hallados asesinados… No había podido ser él, pues había marcas de cuchillos y todo parecía muy bien planeado. Obra, sin duda, de un profesional… Un asesino: ¡¡La asesina Kassandra!! Los soldados más fuertes fueron en persecución del preso, mientras… Bueno, nosotros nos quedamos dentro de la prisión con los guardias, pues era más seguro.

El preso había escapado de la prisión. Ya no estaba en la zona. Ni siquiera había pistas allí. Los guardias de Orgrimmar dijeron que le vieron correr hacia Durotar a Orkand. Así que… Sólo había un sitio cercano hacia donde habría podido encaminarse: Trinquete. Se acogería seguramente a su tan cacareada neutralidad, para evitar que le apresasen. Un grupo fue volando hasta Trinquete, mientras el otro iba a caballo junto con Alundra. Annúminas fue con él, supongo, ya que no había visitado al maestro de vuelo de Trinquete previamente, así que le hice subir a la torre para nada… ¡Supongo que le debo una!

Llegamos a Trinquete y allí estaba Orkand, corriendo hacia el muelle como poseído. Allí estaban Jack y un goblin, que le cerraron el paso. Pese a toda la confusión que ocurrió a continuación, le pedí a Orkand que, cuando todo se aclarase, me contase cuanto pudiera; pues yo quería oír a las dos partes del entuerto, y no sólo a sus captores.



Cuando llegaron los orcos a por él, Alundra parecía llevado incluso por la ira. Ciego de poder, casi me atrevería a decir… Le dije que por favor, dejase el asunto en manos de los orcos. Pero él me contestó que no toleraba ese tono de un subordinado… Esto me decepcionó bastante; sobre todo, sabiendo como sé que en Trinquete Alundra no tiene autoridad ninguna y… ¡Qué demonios! ¡¡Fue demasiado duro conmigo!!

Gûrath y los demás se fueron con Orkand para arreglar la situación. Alundra se quedó en la puerta tapando el paso, cosa que sobraba, pues yo, jamás habría intentado pasar adentro, sabiendo que mi amigo orco me había pedido que no lo hiciese. Los goblin mientras tanto, hablaron de negocios, del “¡Oro!” como locos, sin prestar mucho caso a los acontecimientos ajenos a ellos.

Yo le dejé una carta a Orkand donde le pedía que por favor, nos encontrásemos para que me explicase lo que le había pasado en cuanto se viese en situación de poder hacerlo.

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 6:00 pm

CAPÍTULO IV: “No te ciegues por las apariencias”

Muy decepcionado por la situación, e incluso por Alundra, a quien tanto idolatraba siempre, me fui a dormir y al día siguiente me fui en busca de nuevas aventuras junto con Felkin, Jack y Chris, otro no muerto a quien conocí allí mismo; a los Baldíos mientras luchábamos contra enemigos mucho más grandes que todos nosotros juntos (pero quizás esto cambiase si incluyésemos a Ragen, quién sabe…). Luego fuimos a matar algún que otro cochino andante, por el hecho de que viven por la zona donde estábamos, ¡y no le íbamos a hacer ascos a la ocasión!

Decidimos entrar en un lugar llamado Horado Rajacieno, lo cual fue… Un gran error. Había enemigos fortísimos que nos aplastaron al poco de entrar. ¡Incluso los hombres cerdo parecían de otra pasta allí dentro! ¡Ni pensar quiero lo que comerían allí! Eso sí, logramos abatir a más de uno, pero… No nos compensaba por el esfuerzo, así que decidimos separarnos al salir para entrenar cada uno por su lado un tiempo, y volver luego más fuertes a vengarnos de esos malditos guarros andantes.



Por mi parte, decidí ir a explorar la zona de los Grandes Elevadores, en los Baldíos. Me los mencionó Jack, y no pude evitar querer verlos, así como las extrañas rocas gigantes que se mueven, pero no caen al suelo. ¡Imposible para una criatura de talla normal no impresionarse con las alturas de aquellos lares, amigos! Estuve deambulando por aquellas zonas y otras similares hasta que decidí volver a Taurajo para ver al armero, pues la hoja de mi espada, vibraba de modo extraño… ¡No fuera a ser que se me soltase y diera en un pie!

Me encontré allí con el elfo mago del otro día, Annúminas, que estaba allí por cuestiones de trabajo y exploración, y, dicho sea de paso, de curiosidad por aquello. Me preguntó el elfo por la Cima del Trueno, y le guié como pude, puesto que el mapa que me vendió el goblin de Trinquete el otro día resultó ser un timo, con erratas tan graves como poner “Trinquete” con “K” y, en lugar de una “i”, colocar una “a”… ¡Ya ajustaría cuentas con aquél bribonzuelo!


Tenía prisa el mago por salir a buscar el lugar, así que no le ofrecí más mi ayuda para no hacerle perder el tiempo, y salió hacia el lugar indicándoselo lo mejor que pude con ese mapa. Le dejé y me largué a masacrar hombres cerdo… Y esta vez, hienas e incluso unas enormes jirafas. Sin contar algún lagarto de trueno que se me pusiese delante (ya que es imposible tratar de moverlos por otro medio).

En una de las vueltas a Taurajo para reparar armamento, me topé con Jack, que, de forma inusitada, estaba como loco por venderme piezas de arsenal y demás. No pude decirle que no, vistos los precios que el muy pícaro ofrecía para tan buenos productos.



Le compré además unas hombreras bastante bonitas y aparentemente resistentes. También me llevé una nueva bolsa para acarrear objetos, viendo que la mía estaba ya con tres remiendos en un costado… Me dijo Jack, que más tarde me prepararía una espada a una mano, pues le dije que me vendría bien aprender a usar armas más ligeras, por si acaso.

Fui a dar una vuelta por Mulgore para hacer tiempo mientras mi amigo me fabricaba la espada. Y, no sé cómo, precisamente me lo encontré allí, pareciendo saber que quería ir de visita y explorar la zona. Como aún le faltaban materiales, fuimos juntos. Me guió hasta la capital Tauren en Mulgore: La Cima del Trueno.

Quedé nuevamente impresionado al aproximarnos y contemplar tanto las hermosas tierras cubiertas de una preciosa hierba como los enormes elevadores y todo el conjunto en general. Impresiona lo avanzado de la cultura Tauren…

Ya allí conocimos a un nuevo tauren llamado Bökrun, como se presentó. Parecía necesitar de los servicios de Jack en cuestiones de armas, como le manifestó abiertamente a éste. Al ver que quizás le costase reunir dinero para todas las piezas que quería comprar, decidí ayudarle y regalarle algunas de las piezas.



Cuando Jack volvió ya con los elementos necesarios para fabricar las piezas y armas, y, tras hablar mientras con Bökrun sobre lo estúpidos y altaneros que son mis hermanos Sindo’rei en su mayoría, así como algún que otro bichejo con el que se ha cruzado; decidí poner en práctica mi ayuda. También hablé con el tauren sobre la paz, y ví en él que también la deseaba, y que, sobre todo, repudiaba el cómo trataba gente como los enanos, la tierra, mancillándola y taladrándola… Ya no me quedaban dudas, este tauren era noble y digno de mi ayuda. También me contó, por si faltaba poco, que conocía a Ragen, lo cual me alegró bastante, ya que cuidarían el uno del otro y así podría saber algo de Ragen en el futuro si no le veía en tiempo.

Jack le quería vender bolsas a Bökrun, y alguna armadura; pero éste no tenía suficiente dinero para pagarlas, así que decidí regalárselas… Pues, ¿para qué diablos me sirve el dinero? Es mejor gastarlo en alguien que lo necesita a tenerlo guardado ahí en el fondo de la bolsa, esperando que algún pícaro te lo sustraiga.

Dejamos a Bökrun irse en paz para campar a sus anchas por Mulgore y avanzar en el arte de sus armas, ¡¡y por poco se me escapa Jack sin venderme la espada!! Se lo recordé y al final se la sacaré a buen precio. Le daré buen uso, faltaría más; pero… ¡Resultó que Jack olvidó algunos materiales que necesitaba para hacerla! Así que le dejé hasta después de unas horas más, para poder encontrarlos entre los dos.

Cuando por fin nos volvimos a ver en El Cruce, cuán extraña fue mi situación al ver que, no sólo no estaba solo, sino que se encontraba en compañía de un elfo no muerto, montado en un extrañísimo corcel llameante. Dijo llamarse Gefnohs el elfo, y que era brujo poderoso de profesión.




El hombre primero pensó que al llamarme Vlad sería el Conde Vlad Medov, pero le corregí en esto último. Creo que lo hizo para hacerme ver que precisamente, él no podía, que era ciego. Me acerqué a su caballo con un poco de respeto, para verlo, pues el corcel parecía querer abrasar a quien le tocase nada más acercarse. Me dijo Gefnohs que era un diplomático de Entrañas, y me enseñó a su mascota y amigo, un perro fel que le hacía a la vez de ojos y olfato en su oscuridad. Jack se alejó unos instantes a recoger la espada que me había fabricado en mi ausencia y me la entregó entonces. Con la promesa por su parte de fabricarme una mucho mejor, me vendría muy bien para empezar a aprender a combinar espada y escudo. El escudo que utilicé es uno que me regaló Ragen poco antes de irse hace ya días.

Iba a despedirme de Gefnohs, cuando este, nos comentó a Jack y a mí que podría utilizar un encantamiento sobre nuestras armaduras para mejorarlas y hacerlas mucho más resistentes. Obviamente, supuse que no nos iba a salir gratis… Pero, tras hablar un poco con él, supe que nos dijo eso por ponernos a prueba y ver si podía confiar ese poder sobre nosotros. Luego lo hizo de buena gana y a buen precio las piezas que nos cobró encantar.

Me preguntó Gefnohs sobre los Elfos Nocturnos y sus cazadores de demonios, al mencionarle yo que se cegaban, para encontrar y detectar mejor el mal y atacarlo. Le conté lo que sabía y traté de satisfacer así su curiosidad como buenamente pude gracias a lo mucho que leo en mi tiempo libre. Jack incluso me fió algún que otro encantamiento que yo no podía pagar por falta de fondos… ¡¡Y es que yo necesitaba ya ponerme a cazar cebras o lo que fuese para vender las pieles y obtener ganancias!!

A la hora de terminar de encantar las botas de ambos, resultó que Gefnohs necesitó más polvo de encantamientos, así que le acompañamos a Trinquete al banco, a por él.

Una vez hechos los negocios, me despedí de ellos y partí hacia la zona a la que acostumbraba a ir… Sí, la de los “cerditos”, sí…

En una de las vueltas que hice a Taurajo, me avisó un tauren que tenía correo para mí. Resultó ser Orkand, quien, ya pudiendo hacerlo, me avisó que tendría tiempo para reunirnos y charlar sobre los últimos acontecimientos. Aproveché también para mandarle una espada a Bökrun, para que le fuera útil en el futuro. Esto decían las cartas enviadas.

Carta de Orkand:

“Camarada elfo:
Aquí te envío esta hoja que he encontrado en uno de mis viajes. En agradecimiento por la confianza que demostraste en mí las pasadas fechas.”


Me adjuntó una espada que, de hecho, aún sigo utilizando, dado lo fuerte de su hoja.

Carta de Vlad a Orkand:

“Muchas gracias de nuevo, amigo Orkand. Espero poder verte esta noche o cuando puedas; que mañana también iré, por si acaso veo a algunas personas… A Bahía del Botín, a la taberna. Allí, me contarás qué te ha pasado, pues me tienes preocupado.
Pardiez, ¡¡que espero no volver a ver a un amigo preso o fugado de la ley!!”


Estando allí mientras redactaba la carta al orco cazador, me encontré una vez más, con Jack, que me recomendó antes de irse, sobre un buen lugar desde donde extraer minerales útiles para mí. Así que… A ello me puse.




Conocí a un nuevo elfo que antes no ví. Resultó ser un cazador, e iba acompañado por un felino bastante hermoso, que le hacía de compañero de fatigas. Dijo ser Arn Karev, y estuve con él un rato y fuimos juntos a Trinquete, lugar desde el cual tenía que empezar a buscar el objetivo de una misión que tenía. Esperamos a Jack allí un buen rato, pues yo debía de ir a descansar de tanto andar y quería dejarle con él. Jack estuvo unos minutos atolondrado, pensando… Pero luego reaccionó y prometió ir más tarde con el elfo. Yo hube de irme a dormir, pues esa noche, debería estar despierto hasta tarde, ya que iría más tarde a Bahía del Botín para hablar con quiequiera que fuese, si no iba Orkand.


Antes de irme hacia allí, recibí un mensaje de Bökrun, quien me agradecía que le hubiese ayudado no sólo a comprar sus objetos, sino que le regalase una espada así por las bravas. Dijo esto:

“Vlad, tu amabilidad y generosidad no tienen límites. Eres un gran amigo. Después de haberme ayudado a comprar la armadura a Jack, ahora me regalas esto. Si alguna vez necesitas algo, sea lo que sea, no dudes en buscarme, pondré todo lo que tenga a mi alcance para complacerte.

Un gran saludo, amigo.
Bökrun”

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 6:00 pm

Si a alguien le quedaba alguna duda de si Bökrun era digno o no de ayudársele, tras leer estas líneas que me mandó, quedará disipada, a mi juicio, pues tan buenos son sus modales.

Ayudé a un tecnico goblin destacado en el Lago del Peñasco y la zona de alrededor, y luego marché finalmente a ver a mis amigos. Orkand ya me esperaba en la puerta de la taberna, así que, tras saludarnos, pasamos a ver qué nuevas me traía sobre sus andanzas.

Tras oírle durante unos minutos, supe que siempre había estado yo en lo cierto al confiar en él… Lo que había hecho, era acercarse a un orco fel llamado Ogharidon, a quien ví una vez de lejos solamente; para, a su vez, aproximarse a su líder y ayudar a la Horda desmantelando cuanto pudiese. Obviamente, Orkand fue juzgado injustamente; pues me dijo que tenía gente que sospechaba de él constantemente y no le quitaban el ojo de encima. Yo jamás desconfié de él, pues sabía que jamás habría hecho mal alguno intencionadamente.

También le conté que la que le liberó de la cárcel asesinando a los guardias tan limpiamente, fue la asesina Kassandra, así que todo empezaba a tener sentido… Tenía su lógica, como le dije, que la no muerta le hubiese liberado, atrayendo así hacia él los guardias de la ciudad y pudiendo escapar ella con esta maniobra de distracción. La guardia no muerta tenía razón… Esta asesina se las sabe todas, ¡y más aún!

Le conté también el enorme peligro que sufríamos todos por culpa de Kassandra, y más especialmente Jack, quien estaría seguramente amenazado de muerte por ésta. Todas estas cosas hubimos de hablarlas en voz baja, pues vi entrar a un desconocido al bar. Se acercó finalmente a nuestra mesa, tras dar varias vueltas por el local, y nos pidió permiso para sentarse a la mesa con nosotros.



Mostrándonos siempre prudentes por ser el nuevo un desconocido, le fuimos contando lo que sabíamos, o lo que podíamos de lo que sabíamos, para ser concretos. Tras invitarle a beber algo, ya que no podía comer ni beber yo, nos dijo que se llamaba Moriarty, y que estaba investigando los sucesos ocurridos últimamente, pues había estado ausente mucho tiempo. Orkand me contó también que Berraco, su jabalí, se despertó en la prisión, prueba de que allí había alguien extraño, a todo esto… La asesina

Moriarty era muy curioso, y a veces Orkand, le lanzaba terribles indirectas, para que se calmase su ansia por saber. El no muerto las captó al vuelo… Y, lamento decir esto, pero… Al ver a una hermosa dama entrar en la taberna, no pude evitar levantarme de la mesa y salir a mostrarle mis respetos, con el permiso de mis compadres, claro.

Me imaginé que no se acercaría por algo a nuestra mesa, y, tras preguntarle en la lengua de Quel’Thalas, averigüé que era por el no muerto, que le producen estertores. Así que, como pude, me despedí de mis amigos y le pedí a la dama que me aguardase arriba, para así hablar un rato con ella. Me acerqué a ella, y pude ver que, pese a su aspecto, no era una hermana Sindo’rei, sino una alta elfa, Queldo’rei, y, por desgracia, enemiga. No obstante, aquél era un lugar de paz y no decliné mi proposición de pasar un rato con ella parlamentando; pues soy ante todo, un caballero.

Orkand finalmente salió, y Moriarty… Bueno, no quise ser indiscreto preguntándole, por eso de ser desconocido, y esas cosas. Eso sí, mostré mis respetos a Moriarty y mis disculpas, por tener que dejarle así, solo; pero me contestó que no importaba, y que estaba agradecido por mi ayuda, de todos modos.

Subí y ya me aguardaba la hermosa belleza élfica sentada a la mesa de un rincón.



No dudé ni un segundo antes de acompañarla, y comenzamos a hablar hasta muy tarde… Espero no haberla molestado con tanta charla. Dijo llamarse Sophie y que tenía muy mala fama en la horda, aparte de por ser enemiga. No entendí por qué, dado su buen carácter y sus buenos modales. Que me matase una mujer así sería como volver a ver el Pozo del Sol como estaba antes de ser tocado por el mal…

Dijo conocer a Alundra, y que este le profesaba un odio terrible, así que... Si pudo ser un error hablar con ella, imaginad ahora… ¡¡Dijo que incluso le ha tenido prisionero!! ¡Me la habré cargado si me pilla! Ella comparte mi odio por la lucha y lo belicoso (que no por las armas en mi caso, pero lo mío es un gusto estético, más bien…). Estuvimos hablando de éstas, y otras cosas, y en todo momento quedé impresionado tanto por su belleza física, como por sus también bellas palabras hacia mí. Me llamó varias veces caballero pues, halagué a héroes de la Alianza incluso. Pero es normal, los héroes son admirables por sus hazañas y no por el bando en el que luchen… No mentí a la señorita en ningún momento.

Me aconsejó ver a un tal padre Henwen, de quien me dijo, era un hombre muy noble. Aproveché para contarle lo mío acerca de Sahína, pues… Al ser ella elfa de la Alianza también, seguramente podría ayudarme a contactar con mi vieja amiga… Sophie se mostró clara: No podía hacer nada pero intentaría ayudarme. Me va mi corazón en ello… Quisiera verla aunque fuera una sola vez antes de morir… Es tanto lo que quisiera saber… Tanto lo que la anhelo…

Le expliqué a la dama que mis intenciones no eran ir a matar elfos nocturnos a Teldrassil ni mucho menos, sino simplemente dar vida y no quitarla. Sólo quiero saber, quiero conocer más sobre mí, y sobre ella… Lástima que seamos enemigos. Dicen que los Dioses tienen sentido del humor… ¡Vaya si lo compruebo ahora!

Me narró también que milady quería conocer a Sophie, algo increíble para mí. Aunque esta señorita piensa que lady Áhenas no es buena en absoluto… Yo le daré tiempo al asunto y veré qué haré; tantas son las dudas que me asaltan a diario, que sólo la espada me alivia de ellas. Le conté también parte de mi historia a la alta elfa, pues me ayudaría a sentirme mejor. Al ver que mi respeto y falta de odio hacia ella y los demás en general, era verdadera, me dijo que la Luz me premiaría por mi bondad… Espero que no me cueste la vida, o perder a mis amigos por ello… Ya que resulta, conocía ella a mi viejo conocido parroquiano MacMardigan, le pedí recuerdos para este, dado que me es imposible contactar con él prácticamente.

Me contó más cosas, las cuales, obviamente, no revelaré a nadie de la Horda, por muy enemiga que sea ella, pues así le dí mi palabra. Y ésta vale más que nada en este mundo. Me dijo que tampoco eran asuntos graves, y que había visto ataques a la propia Ventormenta en los cuales los guerreros de la Horda habían luchado con enorme arrojo. También me contó, temiendo aburrirme, sobre la dimisión de Henwen de su cargo, pero… Jamás me aburriría de ella, ¡diablos! Me contó el por qué de no unirse a los Sindo’rei, por el odio que la dinastía del Príncipe había desatado por su familia; pero… Cambié de tema por no verla sufrir recordando viejas heridas. También conocía a más hermanos Sindo’rei que me traían de cabeza, y compartía mis ideas sobre ellos… Todo esto, sin parar de alabarme por mis palabras… Pero, ¿qué mérito tiene hablar como sale del alma? Yo soy así sin poder evitarlo.

Me dijo incluso que me ayudaría a acercarme a Áhenas… Creo que a esta elfa, le debo más de una, y no sólo por su paciencia para con mi charla sin fin… Le conté también sobre mis ideas de unir la bondad de la Horda y la Alianza para luchar primero contra el mal dentro de ellas y luego acabar con el mal exterior a ellas; y también en que, si no me matasen por traición, estaría encantado de conocer al padre Henwen y a cuantas buenas personas hubiera conocidas suyas. Le conté también cómo nunca dejé de estar del lado de mis amigos, aun a veces jugándomela con la autoridad, para luego demostrar que tenían razón ellos, como el caso de Orkand. Ya para despedirnos, me alabó en todos los sentidos y me ofreció su ayuda. Yo le ofrecí un beso en la mano, como no podía ser menos, ante tanta buena educación.

Finalmente, le comenté sobre lo poco que sabía de mi desaparecida hermana. Si bien es verdad, que no la mencioné antes, porque darla por muerta o desaparecida completamente, me ayuda a dormir mejor… Su nombre era Alyssa, y no sé cuál habrá sido su suerte, pero espero que Sophie sepa algo de ella y me lo haga saber en tal caso. Tras todo esto y otros asuntos tratados, no quise abrumarla más y la dejé ir despidiéndome del modo más educado que pude, de rodillas, le besé una vez más la mano y la acompañé a la puerta de la taberna, esperando no haberla agobiado demasiado…



Tras irse ella, me tomé un nuevo baño en la Bahía y me senté a orillas del muelle, pensando qué le diría en la carta que le iba a enviar a continuación, nada más llegar de vuelta a Trinquete.

Esto fue lo que le dije:
“Espero que esta carta os llegue. Pese a ser mi enemiga. He abogado a la neutralidad de los goblins para enviárosla.

Sólo quería deciros que me ha encantado sumamente conoceros, y que, lamento con toda mi alma que seamos enemigos. Os envío como prueba de respeto hacia vos, mi espada, aquella que jamás alzaré contra vos.

Espero veros pronto, y traeros a quien gustéis siempre que sea bueno como vos. Mis recuerdos al honorable MacMardigan.

Atentamente. Vlad.”


Acabando de escribir estas líneas, me desplomé por fin en mi lecho, esperando a las nuevas aventuras que a partir de mañana viviría, si sobrevivo…

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 6:02 pm

INTERLUDIO: "Retrato de Áhenas"

Esto es todo lo que conservo de todo lo mucho que he perdido. Un dibujo que me hizo un artista elfo en Lunargenta sobre esta mujer, quien creo, es la que amaba mi persona; y algún que otro escrito que dejé suelto. Lástima no poder recordar ni ver lo que tengo escrito... He perdido la memoria, la vista... Muchas cosas incluído su amor, aunque nunca supe si lo tuve alguna vez; y aún no me siento con fuerzas para dictarle a alguien mis memorias y hacer saber a los demás mi historia. Espero reunir fuerzas pronto, gracias al coraje de los pocos amigos que recuerdo tras el desafortunado incidente que me ha ocurrido no hace mucho.





Bueno, este trol se emociona con lo que transcribe, ciertamente... Estoy orgulloso de haber conocido a este hombre, tras mis viajes, es la vida más increíble que he tenido ocasión de cruzar con la mía...

Vlad tenía este dibujo cuando volvió de Terrallende, aún no sabemos cómo vino (esperamos que se recobre pronto de sus heridas y poco a poco pueda recordar más cosas de sus viajes tras los incidentes que más tarde os contaré). Su tremendo desastre lo tratará de narrar en cuanto tenga fuerzas. Casi estaba muerto cuando 'Machete' y yo le conocimos, tiempo más tarde a los hechos que aún os cuento. El diario que Alundra me entregó tiene ya pocas entradas antiguas de la época en la que Vlad aún era aquél elfo de sangre. "Este retrato... lo he llevado siempre... Es lo único que me quedaba de ella cuando me 'fui'..."

Esas fueron parte de las palabras que Vlad balbuceaba cuando lo observaba durante horas, antes de encontrarse de nuevo con su amada, hará ahora unos pocos meses.

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 6:13 pm

CAPÍTULO V: "Pérdida" -Todo lo que recuerdo antes de y sobre lo acontecido antes de la 'catástrofe'-


Es poco lo que he logrado reunir en estos días que tan aciagos me han sido. Lo primero que hice tras aquel día que hablé con Orkand y Sophie, fue, una vez más, salir en busca de aventuras, para darle uso a mis armas y habilidades y ver si de paso, usaba estas segundas sobre algún necesitado. Tal fue que al llegar a Trinquete, un buen goblin me pidió que le ayudase con cierto asunto que un camarada suyo tenía en un lugar llamado "Risco Cortaviento". Obviamente dije que sí, no sólo por ayudar, sino por ver de paso el sitio.

Tras lograr, y no sin dificultades, ayudar al maese goblin, decidí seguir probando suerte por los Baldíos, y mira por donde que allí di con ciertos enanos muy problemáticos en una mina en la que se oían todo tipo de explosiones y demás cosas que suelen ellos realizar. El caso es que se salía de lo normal porque no se encontraban en territorio de los enanos, precisamente, y decidí, siguiendo el consejo de un tauren que por allí había, internarme en las minas para averiguar sobre ellos.



Aunque... A decir verdad, lo único que recibí fueron palos por todos los costados que tengo, y eso que  alcé las manos desarmado pidiendo hablar con ellos pacíficamente desde la mismísima entrada. Ya se sabe el injusto recelo que tienen los enanos (gracias a Dios, no todos) a los elfos. No me dejaron otra opción, así que, viendo como venían, de cinco en cinco, y bastante fuertes y recios, como suelen ser hasta los más débiles de los enanos, hube de componérmelas para salir de allí sin quedar tuerto o manco o cualquier otra fatalidad que hubiera podido sucederme contra tales enemigos.

Viendo la actitud de los enanos, accedí a lo que el tauren me pidió, sabotear la mina colocando explosivos y acabar con tanto barbudo como se me pusiera por delante para impedirme tal cometido. El tauren me dijo que amenazaban al equilibrio de la zona, y... Si a eso le añadimos lo belicosos que eran, no tuve otra opción.

Por desgracia, no encontré a ninguno de mis amigos durante varios días. Parecía que se los había tragado la tierra... Y, cuanto menos hable de lo mucho que necesito ver a mi amada, mejor. Ya trotando por los Baldíos y cansado de tanta violencia contra barbudos mineros enanos, decidí pasarme por El Cruce, a ver si caía la breva de encontrar a alguno de mis amigos por allí, donde siempre venían bien manos para aportar algo.

Y dio el casual, que buscando al herrero del lugar, (tan cambiado por el trabajo de los amigos de la Horda, que día a día construían nuevos edificios) encontré a mi viejo amigo Eldokari, quien me guió hasta el nuevo emplazamiento del herrero y, tras intercambiarnos algún que otro saludo y gesto amable, se marchó, pues debía atender asuntos importantes con los cráneos de algunos soldados de la Alianza, o algo parecido.



Estuve varios días aquí y allá, si ustedes me entienden, haciendo recados y escribiendo cartas que tenía atrasadas. Un día decidí, ya que estaba en Entrañas, visitar a su alteza Varimathras y a la también alteza y no sólo en título, sino en belleza, Lady Sylvanas, quienes se alegraron de ver que, pese a mi terquedad, seguía colaborando en alguna medida con mis necesitados hermanos de la Horda. Varimathras mencionó algo sobre mis "enemigos que me espiaban" o algo así, pero poco más oí, dado a que la astuta Banshee le recordó que no debía hablar demasiado, con un carraspeo y un pisotón en la cola. Poco más me ocurrió digno de ser mencionado, hasta que llegué a Orgrimmar de nuevo, en busca del banco, para guardar un par de monedas de oro que me había agenciado con mis últimos trabajos.

Allí me encontré un extraño pez justo cuando bajé del Dracoleón de turno. El pez no cesaba de hacerme extraños gestos y sonidos tales como el típico "glub" que haría un pescado fuera del agua en caso de no ahogarse, claro. El caso es que, yendo detrás del pez, acabé por chocarme literalmente con mi viejo amigo Tidah, aunque, mejor dicho: con el saurio sobre el que montaba. También apareció el tauren al que hace tiempo ayudé, Bökrun. Me alegró verle con buena salud y muy fortalecido ya en las artes del combate, como me contó.

Ya platicando sobre nuestras últimas aventuras, no acabó la reunión, pues apareció también el magno Olvarak, el jefe del clan Grito de Guerra, aquél que hacía tanto tiempo me dió ánimos y prestó consejo desde que comencé mis andares fuera de Lunargenta. Por supuesto, estaba ocupado, pero, fue igualmente educado con todos y, tras un rato contándonos nuestras últimas aventuras, fue cada uno de nuevo por su lado, dado que todos tenían quehaceres que atender.



También conocí a un lobo, o lo que aparentaba serlo, pues se trataba de una troll que nos acompañó un rato a Bökrun y a mí en la salida de la ciudad, que dijo llamarse Finisterra. Tenía la habilidad de volverse un lobo, y tan real lo lograba que hasta rascábase la oreja como uno de verdad. La mujer tenía ganas de combatir para probar nuestras fuerzas, pero... No pudimos satisfacerla en esto, ya que ni Bökrun ni yo aprobamos el combate entre aliados, y menos aún contra una mujer, por fuerte que sea esta.

Cuando me dirigía a los Baldíos para saludar a el jefe del campamento Taurajo, a quien debía un pico enano de los que había matado, como le prometí, decidí, bajo consejo de éste, ir a buscar por fin noticias sobre los elfos nocturnos. Me aleccionó que en Vallefresno moraban muchos elfos nocturnos, así como hermanos nuestros de la Horda, quienes me podrían socorrer en caso de que los elfos no ofreciesen camaradería hacia mí (como es normal, al ser enemigos, desde luego).

Por torpeza se me olvidó preguntarle al noble tauren el camino hacia Vallefresno, así que... Decidí volver a utilizar el mapa que le compré al timador goblin (no sé por qué diablos no me deshice de tal mapa, verdaderamente); pero de una forma diferente...: Yendo hacia el lado contrario en donde ponía "Vallefresno". Casualidad o no... Acabé dando en el clavo, y llegando ya a la frontera, algunos orcos me mostraban su apoyo, incluído un joven niño orco que, pese a no ser verde yo, decidió que le era digno de admiración por enfrentarme a lo que me esperaba.

El bosque de aquellos lugares... Indescriptible tanta belleza... Aunque, por desgracia, arruinada en algunas zonas por nuestros aliados de la Horda, dada la brutalidad que los aserraderos orcos ejercen sobre los bellos árboles y demás seres vivos que allí tenían su hogar. Eso sí, todo sea por el bien de la Horda... A veces el sacrificio es necesario, pues la maquinaria y las viviendas no se construyen de aire.

Algunos recios de la Horda me guiaron hacia las zonas más peligrosas con alguna que otra indicación sobre cómo evitar ser el primer plato de algún lobo y demás. Acabé dando con elfos nocturnos, pero... Ni siquiera se dignaron a hablar, tratándome más como bestias que como criaturas inteligentes como lo son en suposición los elfos. Incluso hube de enfrentarme a mujeres, pero no pude evitarlo: Eran ellas, o yo, y en cuanto a eso lo tengo claro. Tan encendidos en ira estaban, que, de rápido que me atacaban, ni siquiera se molestaban en guardar sus arcos para atacarme de cerca con un cuchillo y me golpeaban con los mismos arcos.



Poco más pude hacer que defenderme de tantos ataques como sufrí. Gracias a Dios, algunos guardias no muertos que había allí destacados me echaron algún que otro "resto de mano" para eliminar a mis atacantes. Me las tuve incluso que ver con osos de la raza de la que provenía el de Ragen, e incluso contra extraños druidas medio elfos medio venados, así como contra venados a secas. También tuve que enfrentarme a los "hermanos mayores" de aquellos tiernos arbolitos con los que luchaba en el Bosque Canción Eterna y alrededores de Lunargenta.

Hasta nagas y extraños demonios había. Eso sí, de las criaturas que más me sorpredieron fueron unas extrañas diablesas equipadas con látigos, las cuales mostraban una terrorífica voluptuosidad a la par que un poder traicionero para cualquiera que pose sus ojos más de la cuenta sobre sus cualidades aspectuales.



¿Será el verdadero aspecto de Sophie algo parecido a esas terribles féminas? ¿O acaso lo mencionó mi amada sólo por despecho y posibles e injustificados celos hacia ella? Nada me agradaría que alguna de estas dos posibilidades fuese cierta.

Tras las muchas vueltas que dí y que dieron las flechas que las criaturas de allí contra mí lanzaban alrededor de mi cabeza, decidí, tras matar unos cuantos y cansinos sátiros, partir de nuevo a los Baldíos, donde seguramente estarían algunos conocidos y algún que otro nuevo por conocer. Quedé bien servido, pues encontré al hermano de Khelsia, el mago que decía poco, pero que, cuando decía, decía bien. Con él, estaba también Sharkall, y decidí mostrarle los rebeldes enanos contra los que me enfrenté aquellos días. Deseoso de carne como solía estar mi amigo, quedó bien servido con esas traviesas alfombras andantes con pico y pala.

Tras pasar unas horas juntos luchando y platicando, se marcharon y me di un paseo por las otras zonas que no había visto antes. Acabé dando de nuevo con una conocida, Khelsia, que se encontraba hablando con un Goblin a quien no conocía yo de nada. Hablé poco con ellos, pero les ayudé a salir de la peligrosa zona donde se encontraban (esa cueva llena hasta los topes de "amables" saurios, ya saben ustedes cuál, me temo) y, tras ayudar a Khelsia con este y otro encantamiento que quería practicar, me marché solo de nuevo, pero ellos dos me pidieron que, por favor, les enseñase dónde tomar el transporte para llegar a la Bahía del Botín, así que no pude evitar llevarles. Tras esto, marcháronse y aproveché para alquilar una habitación en la posada "El Grumete Frito" y descansar, que es lo que más necesitaba de cuantas cosas hubiese en el mundo en esos momentos.

Cuando me desperté y llegué a las Cuevas de los Lamentos para rebanarle la cabeza a cierto saurio que me dejó un día trasquilada la coleta, me encontré allí de nuevo a Khelsia y también a Bökrun; ambos allí para hacer algo parecido a lo que yo. Poco más recuerdo tras eso, pues tenía tanto sueño que me dormí por allí cerca tirado en el mismo suelo, me temo (ya que al levantarme, desperté con un "encantador" escorpión agarrado a mi oreja izquierda).

No me levanté incómodo sólo por eso, sino también por algo más grave a mi parecer... Soñé de nuevo, y esta vez era tan real que pensé que yo era esa persona, incluso. El caso es que me encontraba contemplando a una hermosa mujer luchando contra criaturas y charlando con otros elfos nocturnos, como resultó serlo ella también. Lo último que recuerdo es que estaba durmiendo en un lecho, y, tras eso, no recuerdo más. Estoy seguro de que era "ella" la que vi en el sueño. Al menos, creo que habría crecido así, con pocos cambios, como deben de hacerlo los elfos "pieles púrpuras".



No cejé muy pronto en mi empeño de encontrar noticias sobre Sahína, y el presuntamente haberla visto en mis sueños, no me las reduciría, la verdad; así que seguí yendo a Vallefresno día sí y día también, a ver si algún elfo nocturno al fin se percataba de que no iba allí a buscar litigio. Cansado ya de tanta lucha sin sentido, decidí dirigirme a Entrañas a buscar a alguno de mis amigos no muertos, pues tal era su ciudad: Entrañas. No vi a nadie hasta que ya me iba, que más bien fué "oí". El caso es que Jack, una vez más, se encontraba vendiendo sus mercancías, y a viva voz le grité también para que se percatase de mí entre sus propias voces. Jack, una vez más, me echó una mano con sus artes de herrería, fabricándome nuevas y punzantes púas para mi escudo, y reparándome mi vieja hacha.

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 6:14 pm

Por allí andaba Ragen, que decía haber vuelto para "repostar", como dijo literalmente. El caso es que se encontraba batallando contra los humanos que habitaban un extraño monasterio de las cercanías, y hubo de salir para comprar elementos nuevos para su combate contra estos. Allí acabé siguiéndole, pues quería ver cómo serían esos famosos Monasterios humanos. Eso sí... Casi me cuesta caro, pues estos humanos eran bastante hábiles a la hora de tender emboscadas por los pasillos y salas que allí dentro había. Logramos, al fin salir, después de habernos enfrentado incluso a no muertos invocados por algunos de estos humanos mediante las artes de la magia negra y demás cosas obscenas que guardan relación con los brujos por mayoría.



Cuando ya logramos escapar de allí con vida, le pedí a Ragen que, por favor, me llevase a ese lugar donde habíamos visto aquél castillo lleno de humanos en los libros, en las laderas de Trabalomas. Accedió, pero me avisó que era peligroso, pues era cuna de muchos humanos, y tendría incluso que enfrentarme a legiones enteras si me internaba más de la cuenta.

Llegamos a una aldea llamada "Molino Tarren", donde moraban aliados de la Horda, gracias a Dios, e incluso se disponía para nuestro uso, de los servicios de un maestro de vuelo, refiriéndome a la montura de éste, por supuesto.

Me hube de enfrentar en esa zona incluso contra gnomas y ¡¡hasta contra campesinos!! Esta gente no debería preocuparse de luchar contra un pobre elfo que mora por allí y hacer su trabajo para ganarse el pan. No me dió ninguna alegría exterminarles, la verdad. Y en cuanto a las gnomas... Ya sabéis que no gusto de luchar contra mujeres, y menos cuando sus coletas son más grandes que el resto de su cuerpo, pero no me quedó otra solución, ya que me lanzaban incluso conjuros y había de defenderme. Los goblins estarían contentos de cómo despaché a algunos de sus odiados gnomos, ciertamente.

En cuanto a los campesinos, sólo defendían sus tierras y traté de irme de allí lo antes posible, para no segar vidas de inocentes innecesariamente.



Me marché a ver qué ocurría en Entrañas, pues me avisó Jack, quien me encontró en Trabalomas, de que se cocía algo y no eran precisamente castañas. Cuando llegué allí, me encontré a Gefnohs, quien me volvió a ayudar mediante encantar mis objetos para aumentar su durabilidad. Agradecido, fuí un trecho con él charlando cuando una no muerta que por allí deambulaba nos avisó sobre cierta "presa" a quien yo seguramente querría ver y no en la cárcel precisamente. Dijo que se trataba de una elfa, pero no añadió nada más, pues luego se quedó dormida la muy vaga.

Gefnohs me aseguró que se encontraría la presa en El Cruce, así que, despidiéndome de él, para allí salí
raudo a ver de qué diablos iba todo aquél asunto. Tardé un poco, pero fue porque me encontré a la primera naga que había visto tras mucho tiempo, y que no trató de matarme. Tras evitar pisarle sin querer la cola, salí hacia la elfa tan rápido como me dejó mi educación.

Cuán grande y a la vez triste fue mi sorpresa cuando, ¡ay!, ¡a quien me encontré entre las rejas de la prisión no fue otra que Sophie!



Cuando me recobré del golpe (que no debío de ser tanto si no fuera yo tan estúpido de no querer ver que ella es nuestra enemiga, pese a lo bella y educada que pudiera ser), por fin averigüé que se encontraba allí por voluntad propia, para hacer un "intercambio de presos" con uno que habíamos atrapado antes que ella. De poco más me enteré, pues apareció el goblin, Beetle, que tenía negocios que atender con la dama y no quise interrumpirles. Gracias a Dios, quedé tranquilo al saber que había recibido mi carta y que no había sido presa por esa razón.

La verdad, no me alejé demasiado, pues deseaba estar al menos un rato cerca de ella, no sé bien por qué, así que me senté en una especie de puente que había hacia un dirigible por allí cercano. No llegué a escuchar la conversación ni tampoco era mi incumbencia. Sólo la miraba mientras hablaba con el goblin. Sólo acerté a ver que en algunos momentos parecían enojados ambos participantes en la conversación y la única razón por la que no intervení era porque Sophie estaría segura en su celda mientras el goblin no se atreviese a entrar o algo parecido.

Finalmente, acabó yéndose el camarada verde y me fuí a Trabalomas de nuevo, para ver a mi amigo Jack, quien me avisó por carta que tenía interés en hacerme un casco y se encontraba por la zona para explorar la antigua Dalaran. Una vez allí me hizo entrega del que sería mi primera protección craneal decente, (pues el gorro del Padre Invierno que me compré poco guardaba la cabeza, la verdad...).



Una vez allí ya armados hasta los dientes y listo yo para lo que fuera que tuviésemos que hacer, Jack me dijo que como objetivo le había encargado un superior exterminar ciertos... YETIS que había en una gruta cercana, que impedían las labores de minería a los trabajadores de la Horda de la zona. Imposible describir la ferocidad de tales seres, así como su enorme tamaño; siendo una garra suya tan grande como medio cuerpo mío entero incluídos el casco y las hombreras en el lote.

Una vez matados unos cuantos de estos enormes plantígrados (o eso parecían), nos fuimos a cobrar nuestra justa recompensa. Ya con el dinero pudimos comprarnos los avíos para viajar a Dalaran o lo que quedase de tal sitio. No parecíamos encontrar ningún lugar hasta que, pese a no poder verlo Jack, logré divisar con mis ojos de elfo lo que parecía una enorme cúpula en lontananza. Nos acercamos cautelosamente y esquivando paulatinamente a los humanos que nos iban saliendo al encuentro progresivamente en mayor número. Así que no quedaba duda alguna: aquello debía de ser lo que quedaba de Dalaran.

Al acercarnos ya vimos por fin bien de qué se trataba. Parecía que el lugar era como lo había leído en libros sobre Azeroth en mis años mozos. Era Dalaran una enorme ciudad en ruinas cubierta al completo por una enorme cúpula de poder mágico completamente impenetrable mediante las artes de que disponíamos.



Reprendí a Jack por avanzar tan rápidamente de manera súbita, pues me dejó atrás. Al parecer había divisado a unos no muertos a lo lejos, pero resultaron tratar de engañarnos para asesinarnos. Una vez dentro de su hogar se nos tendió la esperada emboscada, así que no nos pilló de súbito, y acabamos con casi todos, salvo los que se arrepintieron, a quienes perdoné la no vida a cambio de volver a servir a Lady Sylvanas y la Horda. Accedieron y salieron despavoridos hacia todas partes lo más lejos que pudieron temiendo nuestras represalias en caso de cambiar de idea.

Poco más sucedió después de separarnos digno de mención. Yo anduve por aquí y por allá, matando algún que otro agresivo centauro por Las Mil Agujas y poco más, la verdad. Sólo que un día conocimos a un no muerto llamado Aral, quien decía haber iniciado su no vida hacía poco y necesitar consejo. Así que nos fuimos con él para ayudarle Jack y yo. En la taberna nos mencionó que fue un marino en su vida, y que deseaba serlo también en su no vida. La verdad que es interesante ver ese amor por el mar incluso en un no muerto, salvando las típicas historias de piratas con guerreros esqueleto a bordo para luchar por ellos y esas cosas que se suelen contar sobre los piratas.

Tuvimos que dar precisamente con una taberna donde sólo quedaban DOS sillas... ¡Qué casualidad! Así que compartimos un banco los tres para no fastidiarse ninguno de nosotros. Decidimos ir con Aral, como dijo llamarse, en busca de un extraño barco pilotado y tripulado por no muertos, para ver si lograba enrolarse en la marina de la Horda al servicio de Lady Sylvanas y demás dignatarios importantes de nuestro ejército.

Dada la amabilidad y respeto que Aral me mostró, no pude evitar regalarle algún presente, como algunas de las mejores piedras de afilar que habría logrado hacer con la poca maña de que dispongo en tales artes.



El "Maestro Frost", como dijo llamarse el no muerto que parecía al cargo, nos encargó un primer trabajo, y era el de proteger el navío en un viaje que debíamos hacer, o algo así entendí yo, pues mis camaradas de viaje se dedicaron "a ver cuánto aguantaba el elfo sin desmayarse bebiendo", con lo que lo que pudiera yo recordar no sería muy fiable precisamente. El caso es que, durante el viaje se bebió cual esponja todo el que iba a bordo que no pertenecía a la tripulación. Incluído un no muerto recién conocido para nosotros llamado Eskeletours, quien en todo momento se mostró jovial y divertido, parodiando incluso a los míticos piratas con su espada diciendo frases de las que suelen soltar ellos en las novelas sobre piratas. Era un no parar de "¡Arrr, marineros!" "¡Tenemos al barlovento!" "¡Viva el ron!"; muy divertido, la verdad.

Salimos a cubierta a ver si nos despejábamos un poco y a ver si el enemigo no nos había sorprendido durante nuestra borrachera. Poco más recuerdo yo, pues tras vomitar lo que no me cabía en el estómago de tanto alcohol que me habían hecho beber, caí desplomado al suelo de cubierta y fácilmente podría haber sido pisoteado por los enemigos. Esto es todo lo que recuerdo, pues cuando logré despertarme, anoté todo cuanto recordaba del viaje. Ahora me dispongo a dormir en cubierta, a ver si logramos dar con el enemigo y acabar con él para así ayudar a Aral.

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 6:24 pm

CAPÍTULO VI: “Si es verde, tiene cuernos, orejotas, es peludo, se cae a pedazos… o qué sé yo… Entonces era mi amigo.” —Escrito por Marion Barbacobre bajo mi dictado—

Fue al salir a intentar ayudar a Aral en cubierta, cuando me ocurrió todo. Por ‘todo’, me refiero a lo que mis amigos allí presentes me han contado. Al parecer, en mitad del combate y, tras ayudar a mi Áhenas con dos imbéciles no muertos (aunque parecía bastarse sola), algo me golpeó en el occipital y caí sin conocimiento. Al levantarme de mi sueño y por no poder mis camaradas atenderme, ya que se encontraban en combate junto al maestro Frost; me di cuenta de que había perdido por completo la visión. Sólo oía el clamor del combate y las guturales voces de los no muertos enemigos que intentaban aplastar a los no muertos amigos.

El primero en acercarse fue Ragen, a quien sí reconocí, pero lo que no sé es por qué no reconocí a nadie más de los presentes. Según me percaté más tarde, cuando todos me hacían preguntas, había perdido la memoria además de la vista. Nadie había vislumbrado la posible causa de esto, debido a lo expuesto antes: se encontraban luchando. Ragen me llevó a un sitio guiándome yo por su olor (el cual no olvidé y así podría seguir a mi amigo) y allí me quedé sentado pero curando cuando podía, pues para hacer magia no me hacía falta “ver” tal cual.

Es indescriptible lo horroroso que es experimentar que bajo toda la luz del mundo uno vive en la oscuridad ya para siempre… Y peor aún no tener nada, no tener mis recuerdos… Para mí lo más valioso que me quedó siempre.

Todo acabó y los demás guerreros bajaron. Yo les seguí como pude y al final acabé yéndome del navío junto con Ragen, quien me dejó en Orgrimmar para que me asistiesen los médicos orcos que ya me conocían de haberles yo ayudado a ellos curando heridos de batalla cuando los asaltos a la capital. Allí estábamos Ragen y yo, mi colega tratando de hacerme recordar algo, cuando distinguí otro olor muy dulce a nuestro lado.

Se trataba de una señorita elfa Sin'dorei, y al parecer yo la conocía, pero lamenté no hacerlo ahora. — Fue mi amigo Jargoo el goblin quien me mandaría una carta preocupado desde Trinquete más tarde para contarme que ella era la mujer de quien tanto le había hablado; y me añadió que pronto vendría aquí a verme para ayudarme y ya tomarnos algo juntos, aunque el caso es que por el momento no le recordaba—



Al poco tiempo de preocuparse la tal Áhenas por mi estado (luego recordé que era mi amada, fijáos cuán grande ha sido mi pérdida); lanzóme algún que otro hechizo curativo para paliar un poco mi escozor en los ojos y me dio la mano para calmarme.

Tras esto se acercó trotando otra vieja conocida aunque sería para los demás porque yo no sabía de quién demonios se trataba. Resultó ser otra elfa más y que también me conocía. Me dijo que estaban todos muy preocupados y me habló de un tal Alundra.

Esta elfa mencionada era mi vieja “conocida”, y el tal Alundra también lo era. El caso es que ella era Khelsia, y luego poco a poco me fueron contando cosas que habíamos hecho todos juntos para por lo menos recuperar yo algo de confianza en ellos. El caso es que me fié de todos ellos porque sus olores me eran familiares de algún modo, así como sus voces.

Mis amigos pensaban que podría tratarse de magia negra o de que algún enemigo de los nuestros (Ragen mencionó la Legión Espectral, quienes nos habían hecho ya alguna que otra). Khelsia también me acarició un poco los ojos y me trató de curar. Es bueno haber perdido tanto pero seguir conservando tan grandes amigos, después de todo. Algo que no perdí al parecer fue mi amor por una de las elfas, pues ella dejó caer al aire que yo sentía algo muy grande por ella, pese a que su tono era un poco discreto con el tema. El pobre Ragen ya se aburría porque quería hacer algo ya para ayudarme.

A pesar de todo ella parecía muy triste de que no la recordase y de que hubiese perdido el recuerdo del primer día que nos vimos. A mí me duele incluso cien veces más… Resultó que le conté incluso un sueño que había tenido con ella esa noche tras la batalla. Ella seguía en mis sueños, pese a todo. Alguna señal debía de haber en esto.

A la reunión se sumó también un troll del bosque quien dijo llamarse Hazz y me aconsejó buscar ayuda en cualquier persona que supiese usar la luz, pero que no me fiase mucho de los demás al no poder verles. Áhenas diría lo mismo del troll después de irse este. Yo no pensaría eso de él, pues se preocupó por mí. Me añadió antes de irse “No te ‘preocupesh’ por una hembra… ‘Jamásh’”. Tomé buena nota de esto, pues el troll del bosque parecía conocerme de algo y seguro que lo dijo con alguna intención de ayudarme.

Áhenas estuvo dando vueltas por la ciudad hasta encontrarse con un elfo que dijo ser mi pariente… Por desgracia para él, cuando se tiene amnesia se olvidan ciertos hechos, pero no todos. Yo sé que toda mi familia fue asesinada por Arthas salvo una hermana, de la cuál jamás he sabido nada. Este muchacho intentaría jugármela, así que, educadamente, le respondí que no podría tener nada que ver conmigo y el jovenzuelo se fue algo enfadado conmigo. Gracias a Dios que Ragen estaba allí para recordarme estos puntos en voz baja: “Tú no tienes familia, Vlad. Me contaste algo sobre tu hermana, pero no te quedaba nadie… ten cuidado con este orejas picudas…”

El troll Hazz también se olía algo y me ayudó a espantar al truhán elfo, quien se mostró algo altanero con ellos y conmigo. Poco me importaba, pues yo no me acordaba de nadie ya. No temo a ningún enemigo que no conozco. Antes de despedirnos todos, se me presentó un orco llamado Liserk, quien prometió echarme una mano cuando fuera. Siendo orco, imaginé que sería un gran guerrero, así que le prometí así mismo ir con él a separar cabezas enemigas de sus cuerpos cuando tuviese más fuerzas y me requiriese.



Mis camaradas allí presentes me aconsejaron no fiarme ni de mi sombra (la cual, obviamente, no podría ver ni queriendo, claro); y prometieron ayudarme a partir de mañana mismo, y, tras despedirme de Áhenas con unas caricias en sus manos y pelo y de Ragen con un abrazo, (a la araña de Ragen no se me ocurriría despedirla ni loco), pensé en contratar a un par de viajantes orcos que debían ir a la Bahía del Botín para que me dejasen en la taberna del “Grumete Frito”, donde podría pasar unos días descansando en las habitaciones del piso superior.

El problema, es que Ragen se fue y quedé con mi dama a solas. Cambié de planes, entonces. Fueron las escenas de despedida muy bonitas, aunque por supuesto, yo no las vería nunca, pero me hicieron emocionarme mis amigos. Eso sí, primero pude tener a mi Áhenas a solas par pedirle que, fuese cuando fuese, yo quería luchar junto a ella.

Sobre estos y otros aspectos discutíamos mientras la elfa más bella del mundo me llevaba a Lunargenta, donde, dijo, descansaría de verdad en una cama de verdad y no en un lugar lleno de suciedad.



Me estuvo cuidando y estuvimos algunos días paseando por los lugares. Sé que seguramente ella tenía cosas mucho más importantes que hacer, pues estábamos con una guerra en ciernes… Pero me debería tener en alta estima. “Tú eres un hombre muy fuerte, y tienes que reponerte para volver a luchar como hacías antes. El enemigo quiere destruir esto… ¿Vas a permitírselo?”.

Nunca olvidaré lo que esa mujer me ha cuidado. Me llevó incluso a una fuente parecida a la que había donde nos conocimos para ayudarme a recordar. Me temo que poco recuerdo, pero ella siempre ha estado ahí.

El caso es que las gentes de Lunargenta me decían que esa mujer era un alto cargo en la ciudad incluso, y algunos decían, me recordaban de cuando era yo más joven, todavía niño, luchando junto a mi padre. Se preocuparon al saber que había perdido yo la memoria, cuán nobles son estas gentes, con todo lo que han sufrido y lo que aún les queda por pasar. Me dijeron todos, y en especial “ella”, que yo “era buena persona además de fuerte”. Así que no puedo defraudarles, he decidido entrenarme incluso ciego. Ciertamente, no tengo la misma pericia que antes, pero ahora soy capaz de hacer cosas que, tiempo ha, no era capaz, como recorrerme Entrañas o Lunargenta de memoria (antes incluso viendo, me perdía…)

Me planteó Áhenas muchos dilemas morales incluso, como el por qué seguir usando la luz o el qué significaba ser bueno. Creo que quedó satisfecha con mis respuestas y quedó aliviada al ver que, pese a haber cambiado yo por lo que me ocurrió, algunas cosas no lo habían hecho en mí.

En una de las noches que pasé en la posada de Lunargenta, tras entrenar durante el día con la espada y hacha, e incluso con la lanza (la maestra de armas se portó muy bien conmigo para que no olvidase el arte de matar enemigos); acabé en una de estas noches en que llegan viajeros a preguntar cómo va todo. Allí vino a verme la elfa Khelsia, a quien ya iba recordando un poco más, pues iba preguntando a los ciudadanos sobre mis amigos.

“¿Esa Khelsia? Una elfa de pelo blanco que tenía un hermano que no le decía a uno ni dos palabras juntas salvo si la tocabas un pelo… Se la veía amiga suya, señor Vlad”, me dijo un guardia. La pobre pensó que había recobrado la visión porque no me tomé la molestia de colocarme una venda. Lo que le hizo darse cuenta de que seguía ciego fue que, cuando quise hablar con ella, me dirigí en su lugar al dosel de mi cama hasta que me pellizcó para que me diera la vuelta.



Última edición por Vlad el Mar Ene 04, 2011 6:39 am, editado 2 veces (Razón : párrafo mal colocado)

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 6:24 pm

Áhenas me trajo de todo, desde nuevas túnicas hasta una capa a estrenar y un par de hombreras más resistentes que las que ya tenía (tenía una partida en dos, mejor dicho…). Me lavó incluso la ropa (cosa que yo jamás le pediría a una mujer y ni mucho menos tan importante). El problema más grave era mi sueño. Si conseguía dormir, tenía unos sueños terribles y una sed de lo que diablos fuera que por las noches no me dejaba estar tranquilo. Khelsia se percató de esto, y pidió a Áhenas que la dejara dormir a mi lado. Esto me calmaba un poco, al menos mientras dormía, según me dijo.

Ya me conocían por “el elfo ciego con túnicas” por la ciudad, cuando, tras pasar algunas noches con mis amigas en la posada (las cuales no dejaron en ningún momento de mostrarse serviciales y cariñosas conmigo, reprendiéndome incluso cuando intentaba irme solo de aventuras por la ciudad) y aburrirme de no ayudar en nada a ganar la guerra; decidí que ya me sentía con fuerzas para salir a luchar con un poco de “normalidad”. Khelsia manifestó que yo era un debilucho si hacía lo contrario y… Creo que sabe que no me gusta que me digan “enclenque” así que cogí mis armas y, tras dar un beso a Áhenas en su mano y pagar en la posada (me contó las monedas la posadera, obviamente), marché solo e intentando tropezarme lo menos posible…

Los guardias rubios de la ciudad me ayudaron a voz en grito a salir de allí y me echaban una mano para aprenderme de memoria los lugares. Terminé dando con mis huesos en la ciudad donde más huesos vería precisamente: Entrañas. Allí un no muerto me guió como bien pudo a cambio de invitarle a tomarse algo. Así hicimos y acabé dando con mis amigos.



El primero en descubrirme en la ciudad con ese estado fue Jack, a quien, como a Ragen y Áhenas no sé cómo, no había olvidado del todo. Jack me regaló algunas cosas que me serían útiles ya que prefería regalarme algo que permitir que algún goblin se aprovechase de que estoy sin visión para estafarme descubriéndome como “el mejor blanco de la historia” para un timador. Estando sentados rindiendo nuestro respeto al muerto rey, y a la par descansando las posaderas sentados, nos encontramos, o, mejor dicho… Alundra nos encontró a nosotros.

Ese nombre, como ya dije, es de los pocos que recordaba. Sabía que era mi amigo. Me dijo que lamentaba mucho no haberme venido a buscar antes, pero estaba en importantes misiones; cosa que estoy seguro que era cierta porque creo recordar que era hombre importante en mi tierra. El caso es que nos acompañó un rato y ayudó a mis amigos a buscar algo que pudiera aliviarme el dolor y, ojalá, curarme.

Alundra dijo conocer gente importante en Entrañas que, con su sabiduría y magia podrían intentar averiguar algo que me ayudase. Allá que nos fuimos llevándome él de la mano en trechos demasiado peligrosos para ir solo y ciego (eran peligrosos incluso viendo, si ustedes me entienden). Se nos unieron a la búsqueda el goblin Sputnik (quien me dijeron, conocía yo de antes del desastre) y también otro viejo “conocido” (misma explicación de antes) Eskeletours. Con él iba alguien que aún yo no conocía.

Allí estaba el viejo Maese Frost, quien me recordaba del incidente de la nave en la que estuvimos. Pidió a un médico que me ayudase.

El carraspeante anciano médico no muerto, dijo que lo mío tenía una cura: sacarme los ojos si no dejaba de tropezarme con sus cosas. Tras algunos dimes y otro diretes, nos dijo que la magia blanca podría aliviarme un poco el dolor y que sacerdotes o paladines debían lanzarme hechizos de luz alguna vez para aliviarme el escozor que tenía. Me dijo que al parecer podría tratarse de magia negra desconocida que ni la propia Lady Sylvanas había visto. “Ve con cuidado, jovenzuelo, no quieras convertirte en uno de los nuestros demasiado pronto… Algún cerdo de ahí arriba te tiene que tener entre ceja y ceja, muchacho, ¡porque esto no es una simple maldición, por las barbas del centauro!”.



El “matasanos Herbert” como le llamaron allí dentro, tras enfadarse al oír ese epíteto, me elaboró una lista para que mis amigos pudieran ayudarme a buscar hierbas medicinales y demás elementos curativos no tan agradables que me pudieran aliviar un poco la enfermedad. En lo que a la amnesia respecta…: “Para la memoria… Nada, hijo… Rabitos de pasa…”. Ragen me dijo que ellos se encargarían de todo. Incluso del alma de elfo no muerto que aparecía en la lista… Dios santo…

Mis amigos partieron para que yo pudiera descansar y ellos buscar, y así matábamos dos zancudos de la misma pedrada. Seguí con mis búsquedas en días venideros y, pese a mi ceguera, ayudando a jóvenes orcos a luchar contra enemigos de las zonas colindantes de…



Orgrimmar, donde acabé volviendo para presentar mis respetos al magno Thrall y excusarme de mi falta de participación en la guerra. Me dispensó diciendo que no se puede luchar estando enfermo y que lo mío tenía mucho mérito para ser un elfo (esto no sé si era un cumplido, al caso). En estos quehaceres, me dictó un goblin una carta que un congénere suyo llamado Jargoo me había mandado. Me citaba en Trinquete y, rogando porque no fuera un engaño, partí para allá en una de esas pestes voladoras (bueno, ahora el maestro de vuelo las lava más de vez en cuando, la verdad). Tras frases típicas de goblins que me decían como “¡Eh, elfo! ‘Hagamoz’ negocio. ¡¡Tú ‘bebez’ leche de ‘miz’ ‘vacaz’, yo gano oro!!”; acabé dando con la posada.

Cuando llevaba un rato allí bebiendo alguna que otra birra, acabó apareciendo alguien. El nuevo dijo llamarse “Jargoo, el magnífico. Fumador y alcohólico”, y así quedó entonces en mi memoria.

Era un goblin, pero el goblin mejor hablado (en acento y peor hablado en maldiciones y palabras groseras, jajaja) que había “visto” jamás. Se mostró en todo momento gustoso de juergas pero buena persona. Me ofreció renovar nuestra amistad, ya que, según me contó, se había enterado de mi pérdida de memoria y decidió venir a verme. “Si con mi vida o mi muerte puedo ayudarte… Cuenta con mi tecnología, amigo”.

Resulta que este goblin había sido compañero mío de armas cuando yo era alto elfo y todos luchábamos contra Arthas antes de abandonar mis hermanos la Alianza. Contóme hazañas que yo había hecho pero que no me gustaba contar por no pecar de orgulloso; para que mis recuerdos aumentasen un poco. Me narró incluso el cómo había perdido a su camello por culpa de Arthas… Algo que me hizo recordarle, pues esa historia la conocía. También me contó mi propia historia, tal como yo se la conté a él hacía ya tiempo, para que yo la volviera a tener en mi mente. Coincidimos en algo: Odiar a Arthas y todas las malas personas.

Jargoo decidió acompañarme para tomar cerveza decente, a la taberna del “Grumete Frito”. Me contó también que ya conocía a mi amiga Khelsia, y me dijo “no-sé-qué” sobre su redondo trasero o algo así… Ya en Bahía del botín lo pasamos de fábula metiéndonos con nuestros enemigos e imitando a los imbéciles de turno que se burlaban de él por bajito y de mí por ciego. Me contó incluso el cómo fue nadando hasta la estatua del goblin que hay en el islote en Bahía del Botín para hacerle un gesto obsceno. Con sus incombustibles ganas de divertirse y ayudar y su eterna sonrisa, este pequeño colega verde es todo un espectáculo, lo juro.



Por mi parte, decidí ayudar a Jargoo a entrenarse, y a la par ayudarme con ello a mí mismo haciéndome más fuerte y haciendo recordar a mis manos su vieja entereza volviendo a usar las armas. Le di al goblin las últimas piedras de afilar que había hecho antes de perder la visión y partimos a Entrañas y las zonas colindantes, ya que, como me dijo, le encantaba destrozar cadáveres andantes casi tanto como fumarse un buen puro en la taberna mientras limpiaba su fusil.

Han pasado muchas cosas que no son dignas de ser nombradas por su cariz aburrido, salvo una:

Un día estando en “El Grumete frito”, me enviaron una caja que, decían, venía de Lunargenta. En ella venía algo que no dejaba de agitarse. Nixxrax el goblin dueño del bar la abrió con cuidado sin dejar de apuntar a lo que quisiera que hubiera dentro con su archiconocido trabuco (el famoso trabuco que pone fin a las camorras en su bar, para ser exactos).

Resultó ser un pequeño dragón de Lunargenta (cosa que a Nixxrax poco le importaba porque, si no fuera porque el animal vino volando a mí, le habría volado los sesos de un perdigonazo). Dijo el goblin que debería pagar un “extra” por tener mascotas. Asintiendo, toqué una letra grabada, o eso parecía… Era el relieve de un áspid… Esto me recordaba a algo que aún no acierto qué puede ser…

El caso es que cuando mis amigos vieron al dragoncillo, se dieron cuenta de que el animal resultó ser un bichito de esos que se adiestran para ayudar a los ciegos; algo así como un ordenador goblin con direcciones de todas partes metidas en su memoria, salvo que sin engranajes y con escamas.



A partir de ahora, el pequeño dragoncillo, a quien puse de nombre: “Draco”, y a quien algunos llamarían “Raac II” por su gruñido, y otros simplemente “Gamba con alas”… ha sido siempre mi guía y me ayuda a buscar los sitios cuando me siento perdido. Es increíble la habilidad del reptil para indicarme el camino. Sea de quien fuere el regalo, pues no había ningún dato al respecto, le doy gracias por ello.

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 6:31 pm

CAPITULO VII: “Aquél que lucha y muere junto a mí no es mi camarada, ni mi amigo… Es mi hermano de sangre”.

En una de mis búsquedas de Jargoo, y tras llevarme “Draco” a Entrañas, donde le confundió con otro goblin bastante más feo y para colmo, apestoso; acabé dando con otro tauren más para mi colección de conocidos astados. Dijo llamarse Sefel, y pertenecía a la hermandad de Ragen también, así que nos veríamos algún día los tres repartiendo leña al fuego de la Legión dentro de poco tiempo.

El joven tauren incluso ayudó a Ragen y mis demás amigos en la búsqueda de ingredientes para curarme. Esto le honra, pues ni siquiera me conocía. Se despidió de mí tras agradecerle yo su gesto. Ya le ayudaría en el futuro, de poder hacerlo. De momento, empecé por explicarle cómo llegar a las alcantarillas, donde, me dijo, necesitaba ir.



Cuando llegué a Orgrimmar, un orco me avisó que tenía correo acumulado y que eso no podía seguir así. Le ofrecí unas monedas a cambio de que me lo leyese. Mis amigos se preocupaban por mí. Orelsi el tauren me mandaba parches para mi armadura, Jack me envió una tiara magnífica, y Ragen una carne que, según me decía por carta, me daría muchas energías, pues era de raptor de los Baldíos, esos ‘simpáticos’ dinosaurios saltarines que tantas veces nos quisieron comer a nosotros antes.
A cada uno le di las gracias en persona cuando les vi, pues no pensaba que otro me escribiese tantas cartas ahí a las bravas.

En uno de mis viajes de “entrenamiento de ciego” llegué al campamento Taurajo, y allí conocí a un tal Darnai, quien dijo, era amigo del goblin Jargoo. Tras contarme el cómo Jargoo le había dado algún disgusto sin querer, también entró un tal Keltdur a descansar un rato, quien dijo conocer a mi amigo Jack.

Tras divertirme viendo cómo Darnai intentaba hacer recordar a Keltdur al goblin sin tener mucho éxito, acabamos por mencionarle que era el único hombre verde que no ceceaba. Al final el troll cayó en la cuenta.

Recordé algo que me dijo alguien hacía tiempo: “En la Alianza hay verdaderos sirvientes de la luz, no esos ladrones que son los elfos de sangre… Deberías ir alguna vez a territorio de la Alianza en son de paz para que te ayuden. No pueden negarse en ayudar a un enfermo, pese a ser enemigo.”



Quizás debiera ir. De momento me ocupé con mis nuevos camaradas de matar algún que otro bichejo que nos saltaba al paso mientras les acompañaba. Necesitaban rebanar unas cuantas cabezas de hombres cerdo para una misión que tenían pendiente, así que les asistí curándoles y balanceando el hacha entre gaznate y gaznate de cerdos bípedos. Ya hartos de cerdadas, nos dirigimos a la posada a descansar y cada uno por su lado, teniendo pendiente vernos en el futuro para luchar juntos contra “malos más grandes”.

Alguien me había dejado un regalo en “El Grumete Frito”. Resultó ser un trozo de tela de seda de color rojo… Y me temo que yo sé muy bien de quién y de qué procedía con sólo olerla…




¡En la taberna no estaba solo! Resultó que mi viejo colega Alundra estaba allí tomándose unas pintas con una bella (supongo, claro) señorita y ésta decidió acercárseme para saludarme. Me senté con Alundra a tomar algo mientras la elfa (también lo supongo, obviamente) nos hizo las veces de escanciadora. En esas estábamos cuando apareció Darnai, calado hasta los huesos, y nunca mejor dicho (y normal, porque los no muertos son básicamente huesos). Necesitaba unírsenos, así que le ofrecimos algo a él también.

Darnai “olía” a preocupado, y en cuanto tuve la oportunidad, le pedí que soltara prenda. Resulta que un tal Gefnohs, quien había traicionado a la Horda, les había atacado en su huída y habían resultado heridos. Antes había oído algo sobre este no muerto (luego me dijo Jack que me echó un cable en alguna ocasión), pues se había mofado de mi amigo Jargoo aprovechándose de su cargo. El caso es que me preocupaba el cariz de las cosas últimamente. Había demasiadas intrigas… Ya olía a guerra, y me entristecía no tener mis fuerzas en su plenitud, o eso pensaba yo.

La verdad que, de un tiempo a esta parte, me noto bastante más fuerte que antes, y ya no me siento desvalido por ser ciego, sino que he aprendido a no depender de mis ojos para saber todo lo que hay a mi alrededor. Mi poder mágico se ha incrementado, pues ya ni siquiera necesito “apuntar”, mis hechizos van directos al mal, pues el mal capto sin verlo. Jugarretas del destino estas que me acaecen, seguramente.

Mis amigos se dedicaron a llenarme “el buche” de alcohol, así que me pasé media estancia en la taberna intentando disipar el letargo que produce tal elemento. Lo logré, al cabo, y pude vislumbrar que entre todas las personas acudidas, se encontraba la señorita Khelsia, con un precioso traje (algo así decía Alundra), cuyo olor… me recordaba mucho al mismo del que procedía la venda de mis ojos…




Me llevaron mis amigos a descansar a una cama, y, tras luego venir a hablar conmigo un rato Alundra para disculparse (aunque ya no recordaba yo por qué era en ese entonces) y preguntarme por mi estado. Me dio también ánimos, pues confiaba en que “me repondría para luchar en la guerra, siendo uno de los más valientes guerreros que conocía”. Tras tomarme una merecida siesta después de caerme del barco y tener que nadar hasta él (de ahí que estuviera tan cansado y que mi armadura casi me hiciese hundirme como un tocón de acero en alta mar); me encontraba ya repuesto y, después de molestarnos una humana de la Alianza con muy malos modales y peor gusto estético (según Alundra, por el motivo “visual” que todos sabemos ya con tanta aclaración sobre que no veo ni un demonio); se nos unieron a la charla tanto Darnai y Aral como otro tauren que se llamaba Dulgar.

Estuvimos todos hablando sobre el inminente peligro que nos acechaba y todos me contaban sus hazañas y planes para con el enemigo. Sin embargo, Aral dijo que tenía asuntos que tratar conmigo, así que nos fuimos a otra mesa adyacente para hablar sin oídos indiscretos. Primero me preguntó por una tal Sophie. El caso es que el nombre me sonaba, pero, dada mi falta de memoria, nada más me decía ese apelativo.

Poco más me pudo seguir diciendo Aral, ya que la humana de antes había terminado su diversión con Alundra y tenía ganas de mofarse ahora de nosotros. Por mi parte poco iba a sacar salvo un escupitajo o algo así. Más ávidos que un enano en una mina vacía para él solo pero con riesgos de ser tomada por más enanos; cambiamos de tema para disimular hasta que nos dejaron tranquilos.



Cosa que tardó un poco más de lo previsto, pues apareció otro personaje, un conde, que no sólo se dijo “Conde”, sino que también mencionó llamarse Vlad Medov (nótese el parecido de mi apodo con su nombre). Muy gracioso y retando a duelo a todo el que se atreviera a imprecarle para que bajase de la mesa, donde subió de un salto (deducí por ello que sería un gnomo u otro ser de estatura más reducida que la humana); tras soltarnos alguna que otra broma y contarnos sobre la boda de, casualmente, la mencionada Sophie con un tal Theranor: a la cual más de uno de los presentes había sido invitado.

Cuando quedamos solos seguimos debatiendo sobre lo que se debía hacer. Vallefresno ardía ya, y ni qué decir tiene que se habían cazado espías enemigos cerca de El Cruce. Al parecer, en la Alianza también estaban teniendo problemas y, con suerte, ocurriría lo que yo llevaba tanto tiempo deseando: Apartar nuestras estúpidas diferencias para aunar fuerzas contra un enemigo más fuerte que ambas facciones juntas, pues, si no hacemos nada, de poco servirá defender nuestras tierras unos de otros, pues no tendríamos tierras que defender ni con qué hacerlo.

Al final Aral no logró contarme lo que quería, pero fue por causa mayor: no le dejaban en paz. Se mencionó también a Áhenas en la conversación, pues, como regente de Lunargenta, tenía que apretarnos el cinturón a todos los elfos para mandarnos a la guerra a pisar enemigos. Gracias al Sol, conseguimos quedarnos más tranquilos mediante el método patentado por mi padre de “emborrachar al que sobra”; así que Aral logró contarme el otro problema: Gefnohs.

Ya había oído de sus andadas y Darnai por poco tumba la mesa cuando se levantó de malas pulgas al oír ese nombre, maldito para él y nuestros amigos y, por lo tanto, también para mí, pues… Quien ofende a un ser querido por mi persona, ostenta el cargo de que su cabeza sea empalada en el patio de mi casa (cuando la tenga, todo se andará…), y si es un no muerto… Se le mata dos veces, por si acaso. Nos contó Aral que había que estar ojo avizor con tal personaje, pues era muy peligroso y había atacado a los integrantes del ejército, como lo era él (concretamente, marino, si no me equivoco… Ah, sí, era marino, adoraba los barcos…).

Me contaron que también había atacado a un tal Tidah, el troll, y este nombre también me era famoso. Creo que ese Gefnohs tiene las horas contadas… Récele a su Dios, en caso de tenerlo, porque mi hacha no se encuentre muy de mañana con su gaznate, en estas que esté de doblar una esquina. Aral dijo que daría parte de mis buenas intenciones para con los altos cargos del ejército, y le dí además el seguro apoyo de mi amigo Jargoo, pues con total confianza yo sabía que Jargoo ayudaría en todo a Aral.



Darnai manifestó su felicidad tras mostrarle todos nuestro apoyo para luchar junto a Aral contra gente como ese traidor, así que no tuvo otra cosa que hacer que bailar para nosotros. Aral estaba satisfecho, y Alundra era otro de los que le ofrecía su mano para luchar contra el mal. Cuando todos se fueron, fue este mismo quien me preguntó por Sahína. Parece que mi vieja amiga sigue viva y dando guerra en la Alianza…

Alundra me lanzó un hechizo curativo sobre los ojos, tal como hiciera Áhenas. Esto me alivió el dolor al menos, pese a que mi ceguera no parece curable. También le manifesté mis deseos de unir a la Horda y la Alianza contra la Plaga, a lo que contestó: “Soy miembro de El Alba Argenta”, lo que quería decir que formaba parte de la hermandad que aunaba fuerzas de ambos bandos para reunir a las buenas personas contra el caos.

Me fui ya de Bahía del Botín en un día de lluvia para buscar aventuras, o para que me encontrasen a mí. Allí me conoció un tal Lavita, un elfo que por poco tiro por la borda al no verle. Parecía ocupado, así que no le molesté más tras pedirle perdón por ello. Luego, cuando íbamos a tomar el barco (no sabía que él venía también, demonios), nos encontramos a otro hombre que venía de allí pero que pasó de largo tras mencionar algo malo sobre Darnai, quien le venía cerca y se unió a mi grupo y me dijo que luego se reuniría conmigo. Al llegar a Trinquete había toda una comitiva de elfos, como bien dejó caer alguien que parecía un troll por el acento.

Yo seguí mi camino, pues tenía que ver a Jargoo, y precisamente en faena le encontré, dando una de sus arengas al pueblo. Hablaba de la soberanía popular y todas esas cosas de las que solía hablar Mac (aunque no me acuerdo de cómo era Mac, pero bueno), así que, deducí que se llevarían bien.



Mi amigo verde ya hacía sus pinitos de nuevo y me mostró una ardilla mecánica (me tuve que conformar con tocarla) que había elaborado hacía poco. Fuimos junto a Darnai a El Cruce, donde había una reunión bastante impresionante para alguien que pudiera ver, claro está.

En esa reunión estaban Alundra, Liserk… y… Áhenas. Me pidió que me sentase a la mesa con ellos, pero… No me sentía capaz. Ella me tenía abrumado. Tanto tiempo sin verla y allí estaba, delante de mí, una vez más. Al final acabé cediendo pero no me senté a su lado, no fui capaz.

Jargoo y mis demás camaradas de armas pasaban de lo estirado del ambiente (con los elfos que no son yo, ya se sabe) y se fueron a otra mesa. Yo estuve con Áhenas, quien se alegró de verme fuerte y “sano”. Hablamos sobre el tal Gefnohs de marras y sobre los problemas que los enemigos nos aportaban tan “amablemente” a diario desde nuestras fronteras.

Alundra recordaba a Áhenas la importancia de unirnos ambas facciones. Ella no parecía muy feliz con la idea, pero sabíamos todos que era lo correcto. “Para destruir a una araña, las hormigas rojas y negras tienen que unirse, ¡por muy feas que sean las rojas!”, como decía Sahína (analogía que mi amiga hacía usando a las hormigas rojas como elfos de sangre y las negras como nocturnos… condenada mujer… jajaja).



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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 6:33 pm

Jargoo aprovechó para contarles a los presentes una de las hazañas que yo viví hacía tiempo pero que no recordaba, cuando en la segunda guerra, siendo yo un joven imberbe (antes de enemistarse Alianza y Horda), un amigo mío humano llamado John, quien además fuera mi maestro, cayó en combate contra una carga de caballeros de la muerte y yo, en lugar de dejar su cuerpo, me lancé contra ellos usando su escudo (yo perdí el mío) y llevándo en otro brazo su cadáver.

Los caballeros no pudieron con el pincho del escudo (como el que me hizo Jack que aún tengo puesto, en el cual pone ‘Jack’) y logré llegar hasta el final de la fila, donde ya me socorrieron Jargoo y la brigada de fusileros y le dimos sepultura al gran John Doe, mi viejo amigo y también maestro, caballero humano, que ya había sacrificado un ojo para detener una flecha en detrimento de hacerlo mi nuca hacía ya dos años antes. Supuestamente, murió mi viejo amigo, pero jamás supe qué había sido de sus restos.

También contaba Jargoo que por poco me matan más de una vez para curar a un par de enanos fusileros que no tenían munición y habían caído inconscientes bajo un mazazo de un perro de la Legión. En verdad yo jamás pequé de contar historias para ser bravucón, pero todo eso pasó de verdad, pues, al contarlo Jargoo, lo decía con un tono que se veía que era cierto lo que narraba, con un deje en la voz como de añoranza por las viejas glorias. También contó lo de la anécdota de su camello, el día en que Arthas mató a Uther, que Jargoo no pudo acabar con Arthas y encima el maldito perro asesinó a su camello. No estará pues, solo Jargoo en su venganza.



Me eché a dormir en la carretera de agotamiento. Sólo recuerdo que Draco me mordía la oreja derecha y que luego la mujer más hermosa de Azeroth (y malditos sean mis ojos por no poder volver a ver sus formas) se acercaba a mí y me pedía ayuda para una reunión. Me alegró esto en parte, sentirme útil para ella de una vez por todas. Así que la seguí junto con Alundra, tal como dije que haría, hasta los confines del infierno… y… Bueno, así fue, el sitio a donde nos llevó Áhenas no era precisamente de lo más acogedor…

Pasamos por caminos muy peligrosos, como puentes desvencijados en donde nos las tuvimos que apañar con pericia para poder vadear las aguas de abajo, y nos las vimos con ríos y mares de ardiente lava más rojiza que como yo recuerdo los cabellos de mi amada. Resulta que teníamos que hacer una especie de “bautismo”, una prueba para un elfo de sangre. Pero el camino tanto de ida como de vuelta fueron terribles, con enormes mastodontes y los “papás” de los dragones. Ni qué decir tiene que Draco se hacía el valiente en más de una ocasión hasta que lograba yo atarlo a algún árbol para apartarlo (cosa que costó al ser ciego y por ser él el dragón más rápido al oeste de Durotar)



Tras lo que fueron para mí horas de camino junto a ellos y las penurias que pasó el cazador Arn para pasar la prueba (aquello era digno de los bravos guerreros del infierno), me escoltaron mis dos amigos tras despedirnos del cazador para llegar a algún sitio donde descansar tras darse un buen baño (tenía las botas tan llenas de piedras que no sabía si algunas partes eran mis dedos o piedras ya de por sí).

Cuando me quedé un par de días durmiendo mientras el Sol lucía y entrenando por las noches, decidí partir de nuevo a los Baldíos. Eso sí… el pobre Draco debía de estar un poco ido ese día, porque donde terminé es en la mismísima Cima del Trueno… Pequeño fallo, pero unas cuantas horillas de paseo de distancia…

Al menos pude sacar algo bueno, y es que allí cerca, yendo de vuelta (o intentándolo, pues me volví a perder…) conocí a un nuevo fichaje taurino, el buen Tukor, quien se ofreció a “intentar no perdernos ninguno de los dos”.



Desde entonces, el tauren ha crecido en fuerza y en bondad y se ha sumado a mis aventuras, tras presentarle a Jargoo y Darnai, con quienes hizo muy buenas migas. Me contó también Tukor su historia, y trágica… también lo era. Él perdió a su mujer cuando le iba a dar “lo más valioso que se puede dar a un tauren: un primogénito varón”, como dijo él.

Se ha sumado a nuestra lucha en varias ocasiones, y también cuando estuvimos luchando en Dalaran bajo la nieve para echar una mano a un no muerto llamado Bashdúsh. Entre esas aventuras, donde también aparecieron Darnai y luego Aral, ocurrieron muchas otras cosas, como esas luchas tremendas que tuvimos todos contra los Yetis y Ogros de las montañas cerca de Trabalomas, cuando ayudábamos al no muerto Bashdúsh y Khelsia a activar una especie de varas o cetros.

Entre otras cosas, he ido de vez en cuando con Jargoo ocasionalmente cuando nos ha pedido ayuda algún miembro de la Horda, y algunas tardes simplemente hemos ido a hacer “lo típico” matar algún humano para abrir el apetito y luego tomarnos unas buenas birras en la taberna más próxima, donde alguna vez solemos parlamentar con los miembros de ambas facciones para ponernos de acuerdo para luchar contra la Legión.

Tras esto, el Cruce mismo fue atacado por un dragón y su prole de fuego, y las pasamos bastante negras en la Horda para acabar con la “prima” de mi Draco.



Recuerdo en especial una noche en la que la tarde anterior fui a ayudar a algunos principiantes elfos de sangre y no muertos a luchar contra los perros de Muerthogar. Allí volví a encontrarme con muchos de mis amigos que decidieron quizás que mi ceguera no me convenía para ir de “turismo” allí. El organizador era Annúminas, o “Rubio” para los que le conocemos. Su idea es la de formar un ejército de soldados a sueldo (y valga la redundancia) para ayudar donde haga falta. Yo me ofrecí a colaborar a cambio de nada, simplemente por la satisfacción de ayudar, pues odio que usaren conmigo el apelativo “mercenario”.

Conseguimos el objetivo asignado a “Rubio” y sus muchachos, de derrotar el poder de un tremendo brujo que hasta nos convirtió en cucarachas a varios (eso de tener más piernas y volar en realidad tenía su gracia) y alguna que otra de esas maldiciones y cosas así de alzar cadáveres de que tanto gustan los brujos.

Todo bien. Partí a descansar después de informar al capitán de turno, a quien no caí demasiado bien al principio simplemente por ir “limpio” al combate… Eso en realidad consiste en no permitir que ningún enemigo te toque y abatirlos de un golpe sin permitirles contraatacar... Es más orgullo que otra cosa, me temo, jajaja.

Fui a Bahía del Botín a la mítica taberna, donde al cabo de la noche se reunió multitud de gente conocida para mí y también desconocida (como Enary, la primera enana que había “visto”, si no me equivoco). Allí estaban entre otros el elfo no muerto Eskeletours y la también elfa no muerta Susurro (famosa por su belleza, incluso teniendo en cuenta pequeños detalles como que está muerta, precisamente), a quien no conocía más que de la tarde aquella que estuvimos con el maese Frost para hablar de mi enfermedad.




Entre los asistentes estuvo un elfo de sangre educado (y ya era hora), un paladín como yo, que se llamaba Hirobrin. Esa noche fue la oportunidad de oro para conocer gente y prepararnos divirtiéndonos un rato antes del sufrimiento que nos esperaba más tarde. Darnai nos habló de su futura boda con Kyrie y, pese a que no podría ir yo por motivos de salud, ya que he estado más de un mes en cama, sin conocimiento, hablamos de los planes de la boda esa noche… y de lo que hacer con el dragón… Perdón, con la “dragona” Onyxia. (Jargoo y yo nos podemos jactar de habernos acercado a escupirle mientras dormía).

Aproveché la ocasión para acercarme más a mis futuros camaradas de armas, como Susurro (de quien antes sólo sabía que compartíamos ceguera y poco más) y Hirobrin, ya que, si había de morir en el campo de batalla, no quería hacerlo solo, o con simples desconocidos, sino con amigos, con personas, y no con números. Pues la vida de una persona es lo más valioso que existe y todos nosotros estamos dispuestos a darlas. Sólo quiero que no sea en vano.

Incluso le pasé a Susurro un traje de Áhenas que yo tenía guardado para que se lo probase, para animarla un poco al saberse bella con él y para entristecerme yo por dentro dado el tiempo que hacía que no veía a la dueña del traje… Creí que animarles a todos a ir a la boda de Darnai serviría para aumentar su moral para lo que nos esperaba.



Jargoo incluso nos dio una enorme arenga a todos, tras contarnos uno al otro divertidas anécdotas sobre nuestros capitanes del ejército; como cuando mi capitán nos obligó a todos a correr cien veces hacia la cima de una montaña con el equipo y yo le restregué que él era un inútil, y al día siguiente se perdió en mitad de una simulación de entrenamiento de campo.

¡O como cuando el alférez que mencionó Jargoo mostró unas corrientes algo “raras” para con el capitán! En la taberna todo el que oyó nuestros discursos acabó animado y emocionado según el momento. Tras esto sólo puedo recordar poca cosa, pues he estado muy enfermo. Lo único que sé es que la dragona ha sido abatida por fin, y fui a pedir excusas a Thrall por mi enfermedad, y que todos estamos más unidos contra el enemigo que nunca.

Ahora mismo, en la calma que preludia la vuelta de la tempestad, sólo una cosa tengo clara:



Pese a todo lo que el mal ha destruido y lo que le queda por destruir, lo horrible que es la guerra, el ver los órganos internos de tu mejor amigo volando en mil pedazos junto a lo que quedaba de él… Siempre hay algo que no cambiará… Nos tenemos a todos nosotros. Y eso es lo más valioso que jamás tendrá nuestro enemigo. Una causa justa, el amor por los demás y por su mundo, y como dijeron algunos hombres sabios:

“Cada soldado nace con dos familias… Aquella con la que vive, y aquella con la que muere. Estas personas son mi familia, y moriré por ellos”.





Estas eran las últimas anotaciones de Vlad en este Libro Blanco que obtuve de su amigo élfico. Tras estos hechos, aún no recuerda todo lo que le ocurrió, y sólo rememora algunos episodios, los cuales nos suele narrar a mí y a 'Machete' mientras comemos, pescamos, o en los largos paseos que damos por las tierras de las que nuestro amigo procede. Los viajes en barco suelen aliviar el pesar de Vlad, aunque se torna muy taciturno y reservado, como alienado y ausente... Recordando... Trataré de escribir lo que me cuente de la forma más ordenada posible, que, que sea yo un trol, no significa que no se me pueda dar bien la lectura, demonios.

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 6:46 pm

CAPÍTULO VIII: “Verdadera oscuridad”


Siguieron acaeciéndonos cosas, claro está, pero yo ya no volví a ser el mismo. El elfo que todos conocíamos, con sus caracteres estirados, completamente caballeresco, como en Azeroth tan raro se veía eso... Digamos que poco a poco, y con las terribles situaciones que íbamos viviendo, me fui endureciendo, oscureciendo, o, mejor dicho, apagando, por así contarlo.

Aquella noche en la taberna, fue seguida por muchas otras, y por lo menos los guerreros y demás profesiones beligerantes o no, tratábamos de olvidar lo terrible del campo de batalla que al día siguiente siempre nos esperaba con las mismas fuerzas del anterior, mientras nosotros cada vez estábamos más agotados..

Y es que toda Azeroth prácticamente era ya un maldito 'campo de pruebas' para los perros del Azote de los Muertos Vivientes, con el perdón de los que de esa raza buenos son para con nosotros.

De todas estas semanas, los hechos más bizarros me ocurrieron justo una noche después de nuestra última copa juntos todos nuestros amigos (y quién me iba a decir que un elfo de sangre tan estirado como yo, se aficionaría tanto al Ron Buenvapor -del cual ya os contaré su dudoso orígen- y al Grogg orco, dicho sea de paso). Preferible es comenzar por el principio para no perder la cohesión.

Luego de una de nuestras escaramuzas para ayudar a los novatos (estos hijos de campesinos y gente pobre como yo, que empuñaban las armas por primera vez o por segunda, tras sufrir más de un desbarajuste), aquellos que además de ser un poco...verdes en aspectos de armas, habían vivido demasiados inviernos, o demasiado pocos, como se suele decir. Allá iba Jargoo conmigo, con su revolver de Thorio y sus malas pulgas para con los enemigos comunes a la Horda y la Alianza, y allá iba el 'elfo ciego', como ya hacía tiempo que me llamaban.

Tras encontrarnos a un no muerto que no sabía aún utilizar los poderes de la luz lo suficientemente bien como para regenerarse una pierna; disparó Jargoo a un oso enorme (o al menos lo parecía por el tremendo ruido que producía) y partimos de nuevo a Trinquete a lavarnos un poco, para más tarde encontrarnos con nuestro viejo amigo Eldokari, ese dicharachero y palabrotero trol, que era tan excelente en humor como en el manejo de las artes guerreras.

Allá estuvimos, Jargoo de nuevo dándonos arengas a todos, uniendo a toda la gente en el bar de Nixxraxx, salvo al gnomo a quien siempre insulta, el cual ya está bastante acostumbrado, según parece, y hasta se llevan bien en el fondo, haciendo ese papel para divertir a la posible audiencia.

El tabernero se gastaba un humor de perros, la verdad, y Jargoo y Eldokari con sus chistes, y sus piropos y gestos obscenos para con las humanas y enanas que por allí pasaban, al menos le animaban a invitar a una ronda de vez en cuando a todos los parroquianos sin nada mejor que hacer que estar allí o permanecer litigando con los no muertos 'malos'; cansados ya de lo segundo. Comprendía perfectamente el tabernero la situación que vivíamos y por lo tanto nos “perdonaba”. Estaban también algunos elfos Kal' Dorei allí, entre ellos nuestro amigo Strider, quien venía de un 'trabajito', del que poco más nos dijo. Parecían gozar todos del espectáculo que proporcionaba Jargoo con sus anécdotas y cabriolas.

Yo, pese a lo excesivamente educado que parezco a veces, también hice de las mías contando historias sobre esos tan bizarros personajes que en mi vida Jargoo, Ragen y yo habíamos conocido en nuestros derroteros por la salvaje Kalimdor y los Reinos del Este. Mi viejo amigo tauren, al parecer había desaparecido hace tiempo, y poco más he vuelto a saber de él, salvo que probablemente siga con vida. Aunque ahora mismo y desde poco después de lo que os estoy contando, verdaderamente, poco tiempo he tenido de preocuparme de problemas diferentes a mantener la cabeza unida al cuello, si ustedes me entienden.

Todos los hechos que nos habían pasado eran bastante extraños, durante los últimos meses, aunque, en tiempos de guerra, tales cosas se dice que son la orden del día. No obstante, mi falta de noticias sobre el príncipe elfo Kael' Thas hacía tiempo que ya me venía preocupando. El capitán Alundra siempre se mostraba escéptico con respecto a nuestras ideas de que algo le podría haber sucedido a nuestro infante en aquellas lejanas tierras demoníacas en las que se le pensaba batallando, pero, incluso en mi ceguera, yo seguía percibiendo una oscuridad que nada que ver con la pérdida de visión tiene. Ahora la oscuridad se mascaba (como dicen los trols), se sentía.

Aún con todos estos problemas en mi orejuda cabeza, fue divertida la noche, y como yo no era de beber en cantidad, sino en calidad, encontrábame algo más lúcido que los demás, y ayudé a mis ebrios compadres a salir de la taberna (imagen bastante cómica la de un ciego asistiendo a dos borrachos. Voto a tal que a saber cuál está más necesitado de entre ellos). De lo que sucedió después, nada recuerdo, lamentando mil veces que esta sea una máxima en mi actitud últimamente. Sólo sé que a ambos los dejé en casa de Jargoo tras apearnos del ferry desde la Vega de Tuercespina hasta Trinquete, y que, tras caer yo entre las sábanas de mi cama, todo siguió siendo oscuridad. Pero esta vez, oscuridad total.

Sé que viajé, pues noté movimiento a mi alrededor, cómo circulaba el aire en mi derredor. Percibí algo parecido a garras, o quizás unas manos demasiado toscas para ser humanas o elfas. Estuve varios días viajando, y lo increíble era, que mis supuestos captores, en el caso de ser varios, como parecía por la cantidad de manos que sujetaban la camilla donde me transportaban, tras colocarme en ella; no mediaron una sola palabra durante todo nuestro trayecto. Dato este, que no hacía más fácil sentirse seguro viajando con una desconocida comitiva.

Durante el transcurso de nuestro viaje, supe que iban preparados para varias jornadas, no sólo porque las iba notando pasar, sino porque parecían transportar bastante comida para un largo viaje (oía el sonido de las nobles bestias kodo, utilizadas comúnmente para transporte de mercancías). Me pregunté cómo diablos estarían viajando estos individuos de esta manera y sin levantar sospecha. ¿Serían acaso amigos? o... ¿parecerían amigos pero mi destino no sería muy agradable en un futuro próximo?

Lo que más extraño me pareció es que los olores y sonidos que percibía, (pues ni siquiera me desvendaron al probablemente saber ya cuál era mi estado -tan sólo noté cuerdas en mis muñecas y tobillos- me resultaban familiares). Sabía que estaba viajando, pero era en tierras conocidas, de hecho, tan conocidas que luego no lo podría creer como un 'viaje' en sí.

Finalmente, tras llegar a lo que resultó ser un cañón a las afueras de, lo que por el sonido, debía de ser una gran ciudad, me levantaron (con cuidado, cosa que me hizo pensar que no esperaban matarme al menos, o, por lo menos, no lastimarme en exceso); y, tras incorporarme, me dijeron en lengua orca: “Adelante. Te espera el 'Machete'”.

La sensación que produce oír esta frase, la verdad es que es totalmente ambigua. No es tranquilizador el que, a pesar de que oigas la lengua orca, que es la hablada por tus aliados, te digan 'te espera el machete', porque lo segundo compensa bastante mal la sensación de seguridad que da lo primero.

Durante unos instantes me quedé pensativo, sin saber cuál era mi situación, pero, en cuanto reuní el valor necesario para entrar, me percaté de que, quien me recibía, si era enemigo, no olía como tal. Tratábase de un hombre orco, tal como constató al pronunciar sus primeras palabras para conmigo. Pero qué diablos, que me ando por las ramas de nuevo. Estas fueron sus primeras palabras hacia mí:


―Hola, joven elfo. Mi nombre es Thorngrim. Dime... ¿cuál es tu nombre?
―Mi nombre es Virion Manoiluminada, y depende de si tu reacción para conmigo es hostil o no, podrás llamarme 'Vlad'.


El orco pareció contento con esta respuesta.


―Bien. No cabe duda, tú eres aquél a quien andaba buscando. Muchacho, no temas, no soy enemigo de la Horda ni de la Alianza, si tal cosa podría preocuparte.
―Bien, tú pareces justo lo contrario de lo que esperaba encontrarme: Una muerte segura. Pues si quisieras mi muerte, bien podrías haberla conseguido antes de hablar y tomarte tanta molestia... Así que... Dime entonces quién eres, ya que pareces conocerme, y resulta algo digno de obviar el contártelo yo mismo.
―Justo me resulta, muchacho. Soy un orgulloso miembro sirviente del trueno y del fuego, del ya casi desaparecido clan de los Grito de Guerra, y me apodaban
'Machete' de joven, debido a mi terrible habilidad con los cuchillos para con los gaznates de mis enemigos. Soy un chamán orco, como habrás podido suponer por todo esto, y estuve hace tiempo al servicio del gran héroe Grom Grito Infernal.
―¡Diablos!
―Sí. A cientos maté. Después de que el jefe bebiese de la sangre de estos mismos, del tal Mannoroth -o como se llamase ese maldito sapo con patas de cabra gigante, cuernos de tauren feo y alas de rata voladora- fue cuando cambió la coyuntura, fíjate.
De repente el mismo señor de todas las huestes se había vuelto uno de los enemigos simplemente por haber sido cegado. Un camarada bruto orco y yo no aprobábamos esto en nuestro campamento. Como es obvio entre los orcos cuando se vuelven
'ásperos', todos los opositores a consumir la ponzoñosa sangre esa, fueron ejecutados de forma cruenta.
Nosotros logramos escaparnos, pues, por deshonrosa que sea una huída, más deshonroso es morir a manos de tu propio hermano orco o el vender tu alma a los demonios.


Tras estas pocas palabras, caí desmayado, con lo que no pude oír más de su historia. Como me dijo después el 'Machete', me estuvieron cuidando durante un tiempo, antes de volver a intentar interactuar conmigo, ya que me encontraba en un extraño estado de coma, para cuya cura, el chamán habría de convocar a toda su astucia y sabiduría.

¡Pardiez...! ¡Quién sabrá a dónde me llevará todo esto! Me pregunto si volveré algún día a 'ver' completamente la tierra de la que provengo...


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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 8:35 pm

LIBRO BLANCO, LIBRO SEGUNDO

De los relatos del elfo Virion Manoiluminada, conocido como 'Vlad', también como 'Saga' o 'Lobo Blanco', y redactados estos recuerdos más actuales ya de su propia mano, tras su vuelta de entre el caos y la destrucción.

VLAD TRAS SU NUEVA VIDA



CAPÍTULO UNO: 'Vuelta a empezar'

Tras todo lo que me ocurrió, hechos que iré contando a modo de interludios, mediante mi amigo Zonko (y los textos que Alundra le dio); quien me hace el favor de agregarle notas y demás sobre anécdotas que sobre mí y mis demás conocidos recuerda; procedo a narraros los hechos que de un tiempo hasta aquí me acaecen.

Cuando los forestales del Bosque Canción Eterna me vieron, o simplemente vieron a un elfo corriendo hacia ellos, algunos me reconocieron, otros no, y creo que los segundos tendrían más razón, pues mucho he cambiado desde la última vez que con ellos estuve, varios años, si no me equivoco... En tiempos en los que mis amigos aún vivían y paseábamos por entre esos bosques, añorando buenos tiempos bajo la luz de sus dorados árboles.



Mis cabellos, ahora blancos, me hacían poco reconocible, si a eso le añadimos que mis ojos han perdido su característico brillo verdoso, y que tampoco lucía ya vello facial. Thorngrim tuvo la bondad de escoltarme hasta allí una vez rehabilitados mis músculos. Los elfos sabían de él que era un orco de buenas intenciones, y no era la primera vez que iba allí, así que no hubo preguntas sobre qué pretendía hacer allí con un enorme kodo. Me dijo el viejo que no estaría de más volver a entrenarme como en los viejos tiempos, cosa que tal vez me ayudase a recordar mis anteriores andanzas. Ofrecí de nuevo mis servicios a los habitantes de la zona, para sorpresa de algunos que sí me reconocieron y me hacían en Terrallende y esos otros lugares plagados de demonios, donde se suponía debería estar ya, por lo avanzado de mis poderes y acontecimientos sufridos.

Sin embargo, como ya os contaré en otra historia, estoy de nuevo débil. Gracias al Sol, puedo ver de nuevo; aquella ceguera que sufrí ha quedado relegada a unas irrisorias pérdidas de visión que me sorprenden cuando me encuentro en estados de enorme ira o pánico. Tras haber estado cazando algunos linces, limpiando de nuevo la academia Faltherien de ciertos restos de magia bastante reticentes, y ayudado a los magisteres con sus quehaceres diarios (que si tráeme este tomo de Medivh aquí, que si lléva a mi aprendiz este látigo para que se azote...), de nuevo me encontré a uno de los míos que no conocía de antes, o, que si lo hacía, seguía sin recordar.

Mientras iba a reparar un escudo con demasiadas mellas como para seguir resistiendo embates de árboles andantes sin fundirse con sus dedos, me topé de bruces con una belleza élfica. Dijo llamarse Amanae, y sus cabellos eran tan blancos como los míos, qué digo... más blancos. Al parecer no me conocía en persona, según me aseguró, pero sí que había oído mencionar mi nombre antes. Ávida de conocimientos, tras charlar un rato y contarle algunas de mis andanzas del pasado, decidió que nos viéramos de nuevo para retomar mi historia y de paso contarme la suya.



Ya habiéndonos despedido, volví de nuevo a mi vieja ciudad, Lunargenta, para ver qué se estaba cociendo en lugares como la taberna de la posada. Nadie había oído hablar de mis amigos en mucho tiempo. Ragen, por ejemplo, se hallaba desaparecido (y me apuesto una ceja a que esos tipejos de la Legión Espectral que siempre le perseguían tienen algo que ver). Tuve una carta de su hermano en la posada, precisamente. Su hermano menor tenía por nombre Daurgen, también era un dedicado explorador y me ofreció su amistad, así como yo le ofrecí a su hermano la mía. Envié un mensaje a donde se encontraba, en Los Baldíos, dándole al mensajero una daga de propina si llegaba antes de que me entrasen ganas de escribir más y tener que mandar otra misiva. El cartero pareció conocerme, o al menos mi afán por la escritura, así que cogió la daga y se dio una prisa terrible por atender el pedido.

Después, decidí dar un 'tranquilo paseo' por la Cicatriz Muerta, esa zona plagada de espectros, aberraciones y demás horrores esqueléticos que siempre adoré aplastar, con el respeto de nuestros aliados no muertos. Fueron unas dos horas de viaje interrumpido por los crujidos de sus huesos al restallar mi maza sobre sus cráneos. Tras llegar a las Tierras Fantasma, tras varios años de no haber estado allí, no recordaba cómo estaría Tranquillien, pero no tenía pinta de haber cambiado demasiado.
Recibí allí un paquete de mi viejo amigo el chamán 'Machete'. En él había un extraño fardo de tela azul, que más tarde se me descubrió como un tabardo, con el emblema de una pezuña de color blanco brillante. Según su carta adjunta, me admitían en el clan 'Lobo Gélido', esta vez una rama de guerreros formada por Daurgen y él mismo, reclutados para hallar la gloria de la batalla entre los miembros de la Horda de Azeroth. Me dijo que nuestra posición con respecto a los acontecimientos sufridos en la Horda sería neutral, que él no quería problemas con nadie, salvo hacernos fuertes y destruir a la Legión Ardiente y 'la maldita madre que los parió' como siempre suele decir el viejo.

Orgulloso me coloqué el tabardo sobre mi coraza, y partí a ver qué se estaba cociendo en la zona colindante al buzón de Tranquillien para abrir mi campo de 'visión' de los acontecimientos.

Los no muertos del lugar, así como los elfos también, me encargaron misiones como las de siempre, exterminar, exterminar y exterminar; 'búscame tal y cual objeto'... 'ayúdame a preparar este y otro brebaje...'. Yo, más contento que una niña elfa con una varita mágica a estrenar, lo pasé en grande recobrando mi vieja habilidad con las armas. Cada muerte me acercaría más a mi viejo dominio de éstas, así que no pensaba desperdiciar tal ocasión.



Allí continuaba habiendo no muertos a raudales, como me habían contado que siempre hubo y se suponía que yo debería recordar; así que tuve diversión para varios días. Eso sí, me temo que acepté la tarea de espiar a cierto grupo de elfos nocturnos; tarea que aproveché no para matarlos, sino para ver si se encontraba entre ellos mi amiga Sahina, o algún conocido de su raza. En una de mis idas a la Cicatriz Muerta, a su paso por los alrededores de Tranquillien, mi nariz captó que no estaba solo, es decir, no me encontraba solo sin contar a la ingente cantidad de no muertos, murciélagos, arañas y los típicos bichos que rondan por allí. Alguien me estaba siguiendo. Alguien con la capacidad de usar la inteligencia para ello, no de manera instintiva.

Mientras golpeaba a un cadáver andante al que, lo que le faltaba en brazos, lo paliaba con puntas de flecha, oí una voz que me ofreció ayuda para destruir a estos enemigos. Ni siquiera contesté, pues no veo digno el hablar a mis espaldas, sin revelarse y sin darme su nombre. Tras ver el individuo que podía apañármelas solo perfectamente, le dije que su ayuda no era necesaria, y que le estaría agradecido en el caso de que no se tratase de un enemigo más, ya que no podía verle. El ser dijo que admitía que tardaba yo bastante tiempo en caer... De nuevo me subestimaban... Yo, como todos los que me conocen, saben... Simplemente odio a aquellos que se creen mejores que los demás, o quienes muestran un orgullo más grande que ellos mismos. De todas formas, el extraño, fuera quien fuese, no me parecía ir con malas intenciones, así que no tomé la decisión de matarle en cuanto se me presentase la ocasión, como haría normalmente.

Decidí escucharle. Parecía creer saber que yo tenía cierta misión de matar a cierta araña descomunal y que necesitaría ayuda y me la propuso en forma de trato... Cierta araña a la que ya había abatido yo solo, hace un par de horas, utilizando mi vieja espada a dos manos, esa que me regaló Ragen y que, misteriosamente, llevaba un hombre cerdo incrustada en su espalda sin titubear por su causa. Sin ser descortés se lo dije a aquél hombre (sonaba como un hombre al menos), quien se materializó finalmente ante mis ojos (aunque muy bien, no veo actualmente, la verdad). Me preguntó el ser que por qué estaba entonces allí, y le contesté con lo que más adorna: la verdad. Estaba allí porque disfrutaba aplastando enemigos, que para mí es lo mejor de la vida.

Aquél hombre se mostraba con un aspecto muy oscuro, con una capucha, una brillante daga, túnica negra, botas negras... negro todo él, salvo por su máscara. Una cobertura gris con hendiduras y ojos de brillo púrpura. Si hubiese sido yo otro que no fuese yo, le habría temido con solo verle. Pero... cuando uno ha visto a Thorngrim recién levantado... poco puede temer ya al resto del mundo, me temo... jajaja.



Bromas aparte, no me dijo su nombre, aunque no insistí demasiado en que me lo dijera; tampoco me reveló su rostro, cosa que le pedí, en caso de que tuviese, para poder identificarle en el futuro si nos encontrábamos de nuevo. Tenía el sujeto asuntos que atender, así que marchó y luego desapareció en un instante. Yo decidí tomarme una buena siesta, que ya llevaba cinco horas aplastando masas encefálicas y demás órganos de criaturas con alma de donantes de tales cosas; y necesitaba una buena ducha y una aún mejor cama. Cuando hice todas estas cosas, y me volví a levantar me encontré a un guardia derribado, al cual no dudé en aplicar los poderes de la luz para aliviar su dolor (aún débiles, pero no he olvidado cómo se usan).

Finalmente di con el nombre del sujeto con quien antes había hablado, porque, justo cuando ayudé al guardia, comencé a oír unas voces provenientes de un saliente más abajo de donde yo me encontraba (es decir, más abajo de donde se encuentra el cuidador de murciélagos de Tranquillien). Había allí otra persona o criatura, quien llamó al tipo por su nombre: Zelanis. Así ya pude guardarlo en mi memoria para futuras referencias.

El tal Zelanis continúaba hablando con un tipo al que llamó 'brujo poderoso', el cual también parecía ser un elfo, y no solo por lo orgullosos que sonamos siempre los elfos, sino porque algo me lo decía (espero no equivocarme). Como sus asuntos no eran asunto mío, me marché finalmente, dejándoles con sus 'negocios' o lo que quisiera que fuese lo que estuviesen tratando allí. Me marché a dormir, que ya bastante se cerraban por sí solos mis ojos. Decidí ayudarles a no abrirse en unas horas, usando para ello una buena cama, uno de esos mis placeres favoritos y baratos de la vida.

Estuve unas semanas más yendo y viniendo por Tranquillien y las zonas de las Tierras Fantasma, hasta que de nuevo volví a Entrañas, a hacer una visita a la no muerta más bella de todas las no muertas y de muchas vivas: Lady Sylvanas Brisaveloz, quien estaba contenta de ver de nuevo a un elfo dispuesto a ayudar a recobrar viejas glorias de su raza (muerta o no, sigue siendo una elfa).



Muchas más aventuras me siguen ocurriendo, y, en cuanto aparque un buen rato la espada y me vuelva a calzar unas cómodas sandalias tomaré de nuevo la pluma para seguir contándooslas.

Los hechos acaecidos tras mi ceguera, mi misteriosa desaparición y secuestro... trataré de narrarlos según surjan y los vaya recordando.

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 8:39 pm

CAPÍTULO DOS: 'Sacos de carne'

El pobre de mi amigo Zonko se halla ahora ayudándome a redactar una porción más de la historia de mi vida anterior al desastre. Trataremos de terminarla pronto, pues me apetece conservarla de mejor manera de la que se encuentra.

Tras dejar a la bella dama señora de Entrañas, pasé un par de días en la capital no muerta tanto visitando la tumba del difunto rey Therenas, como buscando rastros de viejos conocidos como mi amigo Jack el muerto. Tras estar un poco aburrido de no hacer oscilar mis herramientas de muerte contra algún que otro enemigo, volví a lanzarme al combate contra cualquier cosa que me surgiese. Esta vez volví a las Tierras Fantasma, pues aún tenía pendiente hacer cierta visita a un tal Dar'Khan y sus infinitas legiones de cadáveres andantes, teniendo todos su base en Muerthogar, la zona más al sur de las Tierras Fantasma.



Casualmente, no encontré al tipo; o bien se había ido de vacaciones a otro lugar más ventilado (la pestaza debe ser entre tanto cadáver de agárrese y no se menee, oiga) o se encontraba camuflado de algún modo. El caso es que tenía yo un retrato de él precisamente, para reconocerlo en caso de verlo en alguna parte, pues es un criminal muy buscado por las autoridades. De todas maneras, decidí volver a Lunargenta a informar a Lor'Themar a ver qué se podía hacer. Me dijo simplemente que siguiera pendiente, que Dar'Khan tenía la habilidad de regenerarse tras ser abatido y que seguramente volvería de nuevo. Tomé nota de esto e inicié un largo viaje a Orgrimmar, donde Daurgen me había citado por medio de un mensaje que recibí en la posada de Lunargenta.

Ya en Orgrimmar, tras bastante más tiempo de lo esperado, me encontré con Daurgen, quien se hallaba jugando con su mascota: un jabalí a quien llamaba 'Machete' como a nuestro amigo orco (a saber qué opinará el viejo sobre esto...). Zelanis estaba allí y se había quitado su máscara, así que se le veía esa cara de elfo que tenemos todos los elfos. Dijeron algo de un ataque a una base humana, y yo, amando como amo la guerra, me fuí con ellos. Seguro que eran piratas sin escrúpulos, bucaneros, humanos traidores a la Alianza y demás sacos de carne a los que me encanta apalear. La base humana estaba en la Costa Mercante, por la zona de Trinquete, ese pueblo goblin donde tanto me gusta llevar a cabo el ritual de la ingesta de alcohol.
Para esta aventura decidí dejar mi espada en el banco de Orgrimmar, junto a algunos más de mis valiosos recuerdos; y cogí en su lugar una lanza que me había fabricado el herrero de Lunargenta hacía ya tiempo, cuando entré a formar parte de la cuadrilla local de caballeros de sangre. Estaba algo sucia... pero como era de color rojo, con la sangre de los enemigos pensé que se 'limpiaría' un poco su superficie.

Fuimos todos hacia la zona, preparados para lo que surgiese. Menuda comitiva... Allí había dos elfos (si contamos a Zelanis como elfo, en lugar de como máscara con capa y patas), una elfa de sangre, Daurgen el tauren, y... ¡¡nada menos que dos hombres lobo!! Ya estaba preparando mi arma cuando, de repente uno de ellos me habló y me dijo que no me preocupase, que estaban de nuestro lado. Bueno... adoro los bichos raros, así que no me importaría combatir al lado de dos licántropos, pues era una experiencia que no recordaba haber tenido (bueno, sí que combatí teniendo hombres lobo en escena, pero siempre contra ellos, si ustedes me entienden). Los hombres lobo dijeron ser uno Arks, y el otro Reks (así se llamaban entre ellos). Di uno de esos bostezos que parecen rugidos y por fin repararon en mí los lobos. Parecían amistosos, después de todo, no unos simples animales caminando a dos patas. Serían valientes guerreros, sin duda. La forma de distinguirlos, al parecerse tanto para mi raza entre ellos, fue usar el olfato, pues cada uno olía de forma única.



Tras prepararse los demás para el combate, Daurgen y yo fuimos juntos armas en mano, escoltados por la elfa, y escoltándola a la vez. Zelanis se ocultaba seguramente con la intención de sorprender a los enemigos que le saliesen al paso y despacharlos de un golpe. Daurgen dijo con voz aleccionante que este lugar se llamaba el Fuerte del Norte, y que los humanos pertenecian a Theramore. A mí no me decían nada esos nombres, pero luego descubrí las verdaderas intenciones del mensaje de Daurgen para conmigo, y cometí el error de no verlas desde el principio.

Esos humanos pieles rosas se batían con orgullo y decisión. Allí había mujeres guerreras incluso... Por supuesto, ni siquiera entré en combate con ninguna de ellas, como es mi costumbre. Me divertí porque los hombres humanos parecían gozar utilizándome como blanco para sus prácticas de entrenamiento en armas de cuerpo a cuerpo, y venían todos en tropel a por mí. Mi lanza cantaba entre sus armaduras, quebrándolas y haciendo volar sus cascos

Daurgen se mostró como un guerrero formidable, aunque aún más belicoso que su hermano mayor Ragen. Su jabalí corría entre las hordas de enemigos, mordisqueándoles en la entrepierna, o arrancándoles las piezas de armadura, e incluso las armas en muchos casos. Daurgen no sólo sabía disparar desde atrás, con su arcabuz, sino que se unía a luchar de cerca junto conmigo y los demás, demostrando que también tenía fuerza física y destreza con las armas de corto alcance. Por su parte, Arks y Reks parecían tener unos reflejos y velocidad formidables, aparte de tener algunos trucos en sus chisteras. Arks incluso invocaba árboles andantes muy parecidos a los tiernos que tanto odio, pero con la diferencia de que esta vez atacaban a nuestros enemigos. Los humanos sin embargo eran valientes y, en lugar de huir aterrados ante nuestro ataque, defendían la zona con decisión.

La elfa, a quien llamaron por el nombre de Isis, se encontraba curándonos a todos según podía, y en ocasiones dijo que estaba asustada. Como para no estarlo... Hordas y hordas de humanos no cejaban en su empeño de descuartizarnos, y algunos pedían la cabeza de “la vaca” como supongo que llamarían al furioso tauren que tantos de ellos había abatido incluso a cornadas. Arks se estaba llevando una mala parte, con tremendas heridas e incluso una flecha en la espalda.

Todo era muy 'divertido' hasta que escuché a uno de los humanos gritar...: “¡¡Por la Alianza!!”. De repente, y al oir esa voz mis ganas de luchar contra todos ellos se disipó por completo, y ver a un draenei entre ellos ya sí que me dijo que aquél asunto olía a cuerno quemado. Pero ellos aprovecharon mi titubeo y uno de los guardias humanos me asestó un golpe de escudo que me lanzó pendiente abajo. Cuando logré incorporarme, al ver que más humanos bajaban colina abajo como locos a por mí, utilicé mi escudo divino para protegerme por unos instantes (esa habilidad me agota demasiado, y no me gusta abusar de ella, pues me deja casi incapacitado) y gritarles a todos que no sabía nada de eso, y que yo había servido en las fuerzas de la Alianza, que para mí atacarles así no tenía sentido.



Comencé a perder la visión gradualmente. Me ocurría justo una de las consecuencias que Thorngrim me dijo que podían pasarme: la pérdida de visión momentánea debido a una enorme fatiga, estrés, o un estado de tensión demasiado fuerte. Obviamente, la mayoría de los humanos continuaron queriendo atacarme, otros me insultaban como a mis demás compañeros. Poco me importaba ya. El draenei gritó también y me lanzó al suelo de un garrotazo. Isis logró asistirme un tiempo después, pero también a ella la habían atacado. Dejé mi lanza a un lado y subí a hablar con ellos, si es que a esas alturas se podía intentar, pero por lo menos yo iba a aceptar mi error al ir con mis compañeros.

Ya entendí las palabras de Daurgen y el sentido conque las dijo: Quería que yo no tomase parte en eso, pero no quería hacerlo de manera directa, para evitarnos problemas a ambos con nuestros camaradas de la Horda. Comencé a verlo todo neblinoso al principio, y luego simplemente el paisaje y demás elementos a mi alrededor se convirtieron todos en un enorme foco de luz blanca. Estaba mareado, caminando entre los soldados golpeándose unos a otros; algunos incluso atacándome a mi, sin percatarse de lo que me ocurría, pues simplemente yo era otro pedazo de carne de cañón y un afilador de espadas gratuito andante, así que no les culpo por ello.


Última edición por Big Boss el Lun Abr 20, 2009 11:01 pm, editado 1 vez

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Re: [Elfo Paladín] Las peripatéticas aventuras de Vlad

Mensaje  Vlad el Lun Abr 20, 2009 8:40 pm

Los demás, salvo mi astado camarada, quien ya me conocía por su hermano Ragen, parecían muy extrañados por mi actitud. Zelanis incluso osó ordenarme que continuase atacando so pena de muerte. Por supuesto, tenía cosas más importantes a las que prestar atención, así que traté de concentrarme y relajarme, para ver si mi ceguera remitía. Les dije a los humanos que no iba a tomar parte en aquello, y me dispuse a curar a los heridos que encontraba, sin importar el bando, ya que no distinguía uniformes estando ciego. Simplemente olía a humano por aquí y oía su gemido de dolor, o el de Daurgen o Arks, y por los sonidos y olores me iba guiando, como ya hace mucho tiempo aprendí a hacer perfectamente.



Desde luego, mis compañeros de armas habían sido efectivos en su tarea de sesgar vidas, y poco pude hacer por más de un soldado. Obviamente, ni me preocupé por intentar curar a los caídos mediante mis propias armas. Creo que ya pagaré por ello cuando sus rostros aparezcan en mis pesadillas, recordándome mi error una y otra vez... Si el viejo sargento Cobretti que me instruyó se enterase de esto... le habría decepcionado sobremanera.

Una voz con acento trol dijo que el draenei había caído y que debíamos continuar. Más órdenes... Por supuesto, no las seguí, pero tomé nota del timbre de la voz para uso futuro en mis quehaceres. Zelanis dejó de ocultarse y fue con los demás del equipo para hacer algo con un cañón que había en la torre cercana. Aproveché para curar a Arks y a la versión caricaturizada de nuestro amigo orco 'Machete'.

Cuando mis compañeros se encontraban arriba, algo apareció tras de mí. Era el draenei, por su acento, pues dijo: “Quierro a vuestrro lider, quierro un combate justo con él”. Me dí la vuelta para estar frente a él y le dije que yo no tenía ningún líder, pero que podía enfrentarse a Zelanis o a Arks, a quien estimase conveniente, y que yo no iba a tomar parte para ayudarles en contra suya. Apareció Zelanis diciéndole que es un asesino, dándole a entender al draenei que no tendría un combate justo con él debido a su 'profesión'. La verdad que empiezo a cansarme de ese odio injustificado que hay entre Horda y Alianza, de esa beligerancia sin sentido contra nuestros viejos aliados, y de ese desprecio por la vida inteligente que hay en estos tiempos. La gente se comporta como meros sacos de carne sin sentimientos.



Lucharon el uno contra el otro, después de todo, y el draenei, desgraciadamente cayó a manos de Zelanis. Se apagaba la vida de un seguro sirviente de la luz. Una pérdida. No me perdono haber tomado parte en esto en un principio, pese a haber abandonado. Los demás tenían la moral más baja, pese a haber completado su misión de buscar y destruir. Estuve hablando con Daurgen, quien estaba también algo asqueado con esto, y decidimos irnos. Los hombres lobo estaban extrañados con mi actuación así que intenté explicarles los por qués de mi forma de obrar. Parecieron comprender. Arks incluso parecía estar a disgusto también en parte, pese a que parecía haber gozado matando. Daurgen y yo fuimos raudos a buscar la forma de salir de aquél lugar. Yo continuaba sin ver, y él estaba algo desorientado, así que nos costó un poco.
El tauren parecía preocupado por mi ceguera, y le conté que 'Machete', el original, podría contarle más sobre ella, y que de momento, me vendría bien descansar unas horas para recobrarme. Mientras partíamos, seguimos oyendo hablar a Zelanis ahora con la misteriosa voz de acento trol que escuché antes. Parecían intercambiarse ideas sobre el ataque y otros planes futuros. Daurgen sólo pensaba en salir de allí para fumarse una buena pipa frente al fuego. La verdad, no era mala idea, pero parecía gustarle más fumar que a Tukor, Ragen y Jargoo juntos, jajaja.

No fue Arks el único hombre lobo amable. Reks incluso me regaló una espada, que, pese a ser pequeña, parecía bastante hermosa, así que la guardé para lucirla en casa y le mostré mi agradecimiento. Vaya vaya... hombres lobo más nobles que los más altos de entre los más altonatos... Vivir para ver, pero en parte me reconforta la actitud de estos personajes. Le dije al hombre lobo que, pese a su crueldad en combate y su belicismo, tenía en el fondo un sentido del honor que podría salvarle. Viendo que Reks parecía dadivoso, Daurgen aprovechó para pedirle hierba de fumar. Desgraciadamente para el tauren, el licántropo no tenía existencias. Le dije a Daurgen que en Trinquete podría comprar de sobras, pues Jargoo, tras irse de expedición por unos años, decidió alquilar su casa a un vendedor de artículos varios. El tipejo montó incluso un estanco en el ala norte de la casa de mi viejo amigo goblin. Daurgen no oyó la voz trol que yo escuchaba, así que le conté por el camino ese suceso. No parecíamos gozar con esa conversación ajena a nosotros, así que preferimos salir hacia Trinquete, mirando el paisaje a nuestro paso. Así que allí dejamos a todos los demás, Zelanis, Isis y el resto.

Reks y Arks se fueron a sus asuntos tras despedirse de nosotros y Daurgen y yo fuimos con paso tranquilo hacia el asentamiento goblin. El tauren parecía tan disgustado como yo por haber asistido a esa carnicería y demostración de falta de honor y de gusto por odiarse entre ambas facciones y separarse aún más. Le hablé de Jargoo, y de la tienda de tabaco de Trinquete y se animó un poco más. En la ciudad de nuevo estaba Arks trotando por sus calles, quien dijo que estaba dando simplemente una vueltecilla por allí. Daurgen se dispuso a comprar algunos útiles y yo aproveché para llevarle mi armadura al goblin herrero de allí, quien la dejó impecable.



Estando en Trinquete, y tras darnos una nueva lección de cómo alardear, el asesino elfo se quitó una vez más la máscara. Yo no soy muy amigo de discutir, pero, pese a todo, Zelanis dijo cosas que después de todo hacían que uno no le odiase tanto, como el que no quería asustar a nadie y tal. Daurgen se guaseó sobre el poco miedo que le daba el elfo sin máscara, y yo, poniendo la voz de los programas de radio gnomos del tipo documental como “Vida salvaje en los Baldíos: La lucha por la supervivencia de los clanes de kodos”; dije cosas como: “El elfo que se quitaba la máscaraaaaa...”. Al pobre de Zelanis no le sentaría bien y desde luego, se largó a otra parte; pero a Daurgen... no, a Daurgen tampoco, porque de la risa casi se cae, diablos. Arks simplemente estaba balbuceando palabras ininteligibles, como delirando. El licántropo recobró la 'normalidad' más tarde, y me contó que su situación mental se debía a un extraño pacto que le había dado gran poder a cambio de sacrificar su estatus mental por culpa de crisis mentales transitorias (claro, que con otras palabras me lo explicó). Daurgen jugaba con el lobo poniéndole cepos para ver si los esquivaba o los pisaba. Diversión cruel, pero el lobo era listo y los evitó con gracia.

Estaba demasiado cansado hasta para beber algo con ellos, así que me fuí a echar un sueñecito a la posada de la ciudad, para, de una vez por todas, intentar recobrar mi visión, y, dicho sea de paso, tratar de hacerse ir a mi dolor de cabeza a molestar a otra víctima.

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